El 27 de julio saltó a la prensa la noticia de que el Obispado de Cádiz y Ceuta no permitía a un hombre transexual ser el padrino en el bautizo de su sobrino. Una oleada de protestas en defensa de Álex Salinas inundó las redes, se organizaron concentraciones, declaraciones de repulsa, y el propio interesado organizó una petición al Papa Francisco para que intercediese por él, en vista de que, al parecer, a este señor no le parecía mal la transexualidad. Al final, el párroco de su iglesia se reunió con Álex y le dijo que estaba todo arreglado, y que podría apadrinar a su sobrino.

Sin embargo, semanas más tarde, el propio obispo de Cádiz y Ceuta ha publicado un comunicado que bien podría titularse «donde dije digo, digo Diego«. Qué asco. Qué repugnancia, por Dios (nunca mejor dicho).

Lo que muchas personas trans (y LGB) ignoran, o no han querido saber, es que después de que el 28 de enero de 2015 el Papa Francisco se reuniese con un hombre trans español y le abrazase, como quien se dedica a ir al bosque a abrazar árboles, el 19 de febrero de 2015, el mismo señor comparó a las personas trans con armas nucleares. Unas declaraciones que tuvieron mucha menos repercusión mediática en la prensa, pero que el obispado de Cadiz y Ceuta ha recordado muy bien en su comunicado.

A mí, qué queréis que os diga, todo esto no me sorprende, pero me da mucho asco. Me causa una repugnancia atroz. Y lo siento mucho por mis amigos católicos, que son muchos, a quienes quiero y aprecio de verdad, y que sé que no tienen la culpa de nada de esto, y que seguramente ni siquiera están de acuerdo con nada de esto. Pero no puedo evitarlo. Las personas como el Obispo de Cádiz, el párroco que le siguió el juego, y los fieles que estarán de acuerdo con todo esta pantomima, me producen una intensa sensación de repulsión.

Si existe alguna personificación de la maldad, fría y pura, es la de las personas que juegan con los sentimientos más profundos de amor y fe de otras personas, por su propio interés. Si estos son los representantes de Cristo en la tierra, Cristo debería revisar sus criterios de selección de personal. En serio.

La fe y la libertad religiosa.

La fe es un sentimiento muy profundo, que lleva a las personas a entregar su vida por él, o a exigir la vida de otras personas. La fe suele venir de las enseñanzas de nuestros padres y abuelos, aunque no siempre. Ofrece un norte de lo que es justo y bueno, da esperanza en el futuro a quienes la tienen, les ayuda a soportar las pruebas que nos trae la vida, y les aporta un sentido vital. La fe responde a una de las preguntas fundamentales: cual es el sentido de la vida. Para qué estoy yo aquí.

Las personas tienen derecho a que se respete su fe, o sus convicciones morales y espirituales. Sin embargo, las religiones no tienen la obligación de respetar todas las elecciones de las personas. Las religiones contienen un conjunto de reglas internas que la persona que se adhiere a una religión se compromete a seguir. Las religiones no tienen la obligación de no discriminar. Las religiones no tienen la obligación de respetar la dignidad de sus fieles.

En el caso de Álex Salinas, y en muchos otros casos similares, siempre aparece alguien que dice «no sé para qué quieres formar parte de una religión que te rechaza».

Yo les puedo decir por qué. Porque la fe no tiene que ver sólo con creer en Dios, sino con pertenecer a la comunidad a la que han pertenecido tus ancestros, a la que pertenece tu familia actual, en la que se han celebrado los acontecimientos más importantes de tu vida (desde tu propio nacimiento, crecimiento, llegada a la edad adulta, matrimonio, el nacimiento de los hijos, el dolor de la pérdida de quienes quieres). Es donde has ido a buscar consuelo y refugio, donde te dijeron que siempre habría alguien que te ayudaría, donde has ido a celebrar el amor que sientes hacia la humanidad en Navidad, o durante las fiestas patronales, donde has experimentado el mayor recogimiento espiritual en tus momentos de duda… Porque la pertenencia a una comunidad religiosa puede ser mucho para quienes lo viven con fervor.

También puedo decir otra cosa: las religiones son sistemas sociales que hacen las personas. Las normas religiosas no sólo se pueden cambiar, sino que de hecho cambian. Creo que no es incompatible practicar una religión y al mismo tiempo hacer activismo para que las normas de esa religión cambien. Para mantener todo lo bueno de tu comunidad y cambiar lo malo.

No haya nada estúpido en ser GLBT, o divorciadx, o mujer, y tratar de cambiar la comunidad religiosa a la que perteneces. Creo que el activismo religioso es posible y necesario, y un esfuerzo que merece la pena hacer.

Pero mientras los y las activistas religiosos católicos continúan con su lucha, a mí, toda la cúpula cristiana, me continúa produciendo repugnancia, y no me uniría a ese club ni aunque me pagasen. En serio.

Los impuestos y la Iglesia

Dijo Cristo «dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César». Con esta frase se refería a la necesaria separación entre las comunidades religiosas y el Estado. Cristo no habló nunca en contra de la homosexualidad, ni en contra de la transexualidad (y, creeme, nosotrxs estábamos antes de que él naciera). La Iglesia Católica tiene muy buena memoria para recordar por qué hay que excluir a las personas pertenecientes a los colectivos GLTB (ay, perdón, que ya no nos quieren excluir, ahora lo que quieren es persuadirnos para que nos reconvirtamos en cis y heteros, pero, eso sí, con mucho amor). Sin embargo, tiene muy mala memoria para recordar que Cristo no quería una Iglesia dependiente del Estado, sino una independiente.

Independiente significa autofinanciada. La propia normativa eclesiástica española establece que debería establecerse un mecanismo para que la Iglesia Católica se autofinanciase. Sin embargo, las partidas presupestarias asignadas por el Estado a la Iglesia Católica no paran de crecer y crecer. La Iglesia no sólo recibe un dinerillo extra de los impuestos de aquellas personas que marcan la casilla de la Iglesia en su declaración de la renta, sino que también recibe una buena tajada del dinero de todos los demás contribuyentes. Es decir, de tu dinero.

¿Crees que porque no haces la declaración de la renta, no pagas impuestos? Pues te equivocas, querido amigo, querida amiga. En España, el niño que se gasta su asignación semanal en caramelos, paga un 21% de impuestos, en el IVA. El inmigrante ilegal que consigue comprarse un paquete de arroz para comer, paga también su propio IVA. Tú, querida persona trans, o querida persona cis «transfriendly», también pagas tu IVA. Además de la contribución, los impuestos al trabajo, si tienes la suerte de trabajar, y el IRPF.

Cuando yo vivía en España, aproximadamente el 80% de mis ingresos iban a parar al pago de impuestos (y luego hay quien me pregunta que si pienso en volver algún día ¡ja!). Nada me hace pensar que tú, que estás leyendo esto, vayas a estar pagando menos. Puede que incluso pagues más. Y una buena parte de eso va a parar a las arcas de la Iglesia, que utilizará ese dinero para mantener los palacios de esa gentuza asquerosa que está dispuesta a jugar con tus sentimientos más profundos de fe y amor, para mantener los medios de comunicación afines, que van a sembrar el odio contra ti, y, muy especialmente, con ese dinero vas a pagar el acceso que los curas tienen al poder. Porque los ricos están más cerca de los poderosos. Y la Iglesia es rica gracias a tus impuestos.

¿Qué puedes hacer?

Hay muy pocas cosas que puedas hacer para evitar esto, pero aquí van algunas ideas.

  • Cambia de religión. En serio, sigo pensando que el activismo religioso es necesario, pero la realidad es que hay muchas religiones cristianas que dan la bienvenida a las personas GLBT, que no nos juzgan, y que están felices de tenernos en sus comunidades. Además, por mucho que los sacerdotes católicos quieran tener la exclusiva de Dios, lo cierto es que no la tienen. En serio, puedes ser cristiano y no ser católico. Son dos cosas totalmente distintas, y, a día de hoy, casi que una de las instituciones más alejadas de las enseñanzas de Jesús es la Iglesia Católica. Piénsatelo.
  • Deja un comentario de protesta en tu declaración del IRPF. La objeción de conciencia fiscal está prohibida en España. No hay manera de que tú puedas elegir a qué se destinan tus impuestos. Molaría tener una casilla de «no quiero que ni un céntimo de mi dinero vaya a la Iglesia Católica ni a ninguna de sus organizaciones satélite», pero no la hay. Lo que sí que puedes hacer es incluir en la casilla de «comentarios» una protesta, o al menos una manifestación de la voluntad de que no deseas que tus impuestos vayan dedicados a eso.
  • Escribe a los miembros del Gobierno pidiendo que se reduzca la partida presupuestaria de financiación de la Iglesia Católica, o únete a alguna acción de las muchas que se realizan en ese sentido. La unión lleva a la fuerza, o eso dicen.
  • No votes a los partidos que han dotado a la Iglesia Católica de grandes partidas en los Presupuestos Generales del Estado. A saber, PSOE y PP. O PPSOE, por si alguien todavía duda de que no son lo mismo. Vota a otros. A poder ser, vota al partido que incluya tal cosa en su programa, si es que algún partido lo hace. También puedes escribir a tu partido político preferido y sugerirle que incluyan la desfinanciación de la Iglesia Católica en su programa (pero si tu partido es el PSOE, ni te molestes. Si no lo han hecho en todos estos años ¿Por qué iban a empezar a hacerlo ahora?). No existe el partido político perfecto, pero leñes… al menos no sigas votando a los que ya te vienen jodiendo desde siempre.

¿Se te ocurre alguna otra cosa que puedas hacer para no continuar alimentando a una organización como la Iglesia Católica, que además de llevarse tus impuestos, los usa para discriminarte? ¡Deja tu comentario! Nunca se sabe qué va a funcionar hasta que no se prueba.

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