Como se ve, llevo bastante tiempo sin publicar por aquí,y siempre me digo que es por falta de tiempo, cuando acabo de darme cuenta de que en realidad hay otra causa: muchas veces prefiero publicar en Facebook pensamientos que son cortos, pero medianamente largos.

Facebook tiene una gran ventaja sobre los blogs: no necesita hablar del contexto en que se produce un comentario, porque la gente que lo va a leer forma parte de tu red social (yo no hago publicaciones en modo público en Facebook) y en cierto modo se mueve en el mismo entorno virtual que tú, por lo que no es necesario explicarles de qué va la película. Por otra parte, Facebook tiene una gran desventaja: es comunicación de consumo rápido. Lo que escribes va a desaparecer en cuestión de horas entre la maraña de información y videos de gatitos. Además, una vez publicado lo que sea aquí, nada me impide compartirlo en Facebook y otras redes sociales.

Me he propuesto intentar retomar el blog escribiendo esas ideas cortas, pero un poco largas que últimamente cuelgo en Facebook.

A lo que iba. Hace unos días, el País publicó un artículo sobre transexualidad infantil, desde una perspectiva anticuada y altamente patologizante, en el que se pretende justificar no hacer caso a la necesidad de las criaturas que dicen que no están de acuerdo con el sexo que se les asignó al nacer, porque podrían cambiar de opinión más tarde. En respuesta a este artículo, Joserra Landa, de Chrysallis, ha escrito otro: no se trata de tener razón, sino de usarla. Lo bueno de que exista Chrysallis es que en realidad ya no es necesario que yo escriba, porque ya escriben ellos por mí.

No hay nada que objetar al artículo escrito por Joserra (si no lo has leido aún, te recomiendo que lo leas) pero sí me gustaría hacer una matización sobre el famoso dato de que el 80% de los menores «variantes de género» terminan por aceptar como propia la identidad de género que se les asignó al nacer.

El estudio existe. Se trata de una investigación realizada en Reino Unido hace unos años, y fue una de las primeras que se hicieron al respecto. Yo la he leído, pero por más que ahora la he estado buscando, no he conseguido dar con ella.

En esta investigación se tomaba a un grupo de menores de edad con un comportamiento de género no normativo, y que, además, habían sido llevado por sus padres a un psicólogo con la intención de que este diseñe un plan de acción para prevenir posibles problemas en los niños. Por ejemplo ¿a tu hijo le gusta jugar con muñecas y vestirse de drag queen? ¿Tu niña es una marimacho que quiere hacer pipí de pie? Pues los llevas corriendo al psicólogo para ver qué pasa. La idea es que el psicólogo arregle en los niños un problema que sólo existe en la mente de los padres y otros adultos a su alrededor.

Pues bien, a todos esos menores de rol de género no normativo se les etiquetó como «variantes de género». Sin embargo, de todas estas criaturas, sólo un 20% había enunciado explícitamente su disconformidad con el género asignado al nacer y el deseo de ser reconocidos como de otro género (lo que en la vida real se traduce como «¡Mamá, no me hagas coletas, que yo soy un niño!», porque los niños no saben todas estas palabras esdrújulas y rimbombantes que he usado anteriormente).

A los niños se les dio acompañamiento y seguimiento durante un periodo de tiempo prolongado, y el resultado del estudio es que, al llegar a los 16 años, el 80% de ellos decidió que no quería cambiar de sexo. Desde entonces este dato se viene usando como justificación para negar a los menores de edad trans el derecho al libre desarrollo de su personalidad (traducido al lenguaje de la vida real: «es mejor que no hacerle caso y ver cómo evoluciona, porque para el 80% de estos niños es sólo una fase pasajera»).

Así que tenemos un grupo de menores de características diversas, de los cuales el 20% manifiesta que no está de acuerdo con el sexo que se le ha asignado. Años después, de este grupo, el 80% de los menores manifiesta que está de acuerdo con el sexo que se les ha asignado, y se les usa como excusa para reprimir el desarrollo del otro 20%.

Sin embargo, si cogemos el mismo estudio y decimos que un 20% de los menores etiquetados como «variantes de género» manifestaron estar en desacuerdo con la identidad de género asignada, y al cabo de los años, el 20% de este grupo continuaba manteniendo la misma opinión, la perspectiva cambia radicalmente. Resulta que el 100% de los menores «variantes de género» tenía muy clara su identidad de género desde el principio. El 20% de ellxs eran trans, y el 80% no lo era, y ninguno de ellos cambió su opinión a lo largo de los años.

Es una mierda que los estudios científicos a veces no den los resultados que queríamos, pero es no justifica que se manipule la interpretación de los resultados para que al final las cosas parezcan lo que no son, especialmente con el objetivo de reprimir el desarrollo infantil.

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