El día 12 de abril hace un mes que llegué a Reino Unido.

El primer día, me quedé en casa, descansando y organizando las pocas cosas que traía. Además, debía averiguar cómo cumplir las tareas que me había planteado que debían ser las primeras al llegar a este país: conseguir un número de teléfono (eso me lo solucionó mi hermana), abrir una cuenta de banco (en Barclays está chupado, no te piden nada), solicitar el número de la seguridad social, para poder trabajar (en realidad no es imprescindible, puedes trabajar todo lo que quieras sin número de la seguridad social, sólo que no podrás cobrar. Sin embargo, muchas empresas exigen que tengas el número de la seguridad social antes de contratarte), conseguir cita para un médico, para continuar mi tratamiento hormonal, y, por supuesto, empezar a buscar trabajo. También debí haberme dado de alta en el consulado español, pero no lo hice (a ver si me pongo con ello).

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Foto: Pablo Vergara. Compartida con licencia CC 2.0. – No uso comercial – Atribución.

Sin embargo, decidí que por una vez, y sin que sirva de precedente, no me iba a estresar. Por la mañana, salí a pasear a la perrita de mi hermana. Siguiendo su consejo, me acerqué al río (creo que no es un río, sino una ría) que separa Liverpool de Wallasey, el pueblo en el que vivo (tampoco es que sea un auténtico pueblo, sino, más bien, una ciudad dormitorio). En ese momento la marea estaba baja, y así pude bajar yo también. Este fue el paisaje que me encontré. Acaba de pasar de la incipiente primavera española, al final del invierno inglés. Sin embargo, el paisaje, era a la vez tan bello y melancólico que no lamenté el cambio de estación ni por un instante.

Lo primero que sentí al llegar aquí fue que de repente tenía todas las oportunidades del mundo, ahí, dispuestas delante de mí. España es un país en el que la libertad ha sido eliminada casi por completo, de forma rápida y sistemática, pero suficientemente gradual como para, al menos, darnos tiempo para ir acostumbrándonos a ello.

– Me han puesto una multa de 300€ – le dije a una amiga, que lleva dos años viviendo en Edimburgo.

– ¿Qué locura hiciste? ¿No te habrás comido un bocadillo en la calle? – respondió ella.

– No, eso ni se me ocurriría.

Este es el mejor resumen de la situación en España, donde cualquier comportamiento cotidiano, por no hablar de la libertad de expresión, ha quedado proscrito y sujeto a graves sanciones administrativas que pueden llegar a ser peores que una condena en la cárcel.

Cuando llegué a Liverpool, de repente sentí que la carga de prohibiciones y cautelas que la legislación española había establecido sobre mí (no como persona trans, sino como ciudadano) se levantaba. Aquí puedo comer tantos bocadillos como quiera en la calle (de hecho, lo hago habitualmente, y también como frutas), incluso hay gente que canta en la calle sin tener que pasar un examen, ni arriesgarse a que le pongan una multa que le va a dejar sin comer un mes (como a mí la multa de 300€).

Aquí, cualquiera puede trabajar tanto como quiera. La filosofía de este país parece ser «tú trabaja tanto como quieras, que si ganas dinero ya veremos cómo hacer para que pagues los impuestos». En España, es justo al contrario «tú paga primero los impuestos, que luego ya veremos si puedes trabajar y ganar dinero, o no». Los primero días, cada vez que hacía una nueva venta, pensaba «¿Todo el dinero es para mí? ¿De verdad?» Y sí, lo es.

Aquí, por las mañanas hay muy poca gente en las calles, y muy pocos coches en los barrios residenciales: la mayoría de la gente está trabajando, y los que no trabajan es, probablemente, porque tienen un turno de trabajo distinto.

Hay ofertas de trabajo. Dedico horas y horas a presentar mi currículum. Tengo oportunidades de conseguir trabajo, porque el trabajo existe. Además, el trabajo se hace en condiciones humanas. Los trabajadores se ven relajados y descansados, de buen humor. Todo el mundo es increiblemente simpático y servicial.

Se vive mejor. La gente tiene vida de persona.

Abrir una cuenta bancaria fue muy sencillo. Hay bancos que te ponen algunas pegas, pero en Barclays no. Se conforman con que les des un documento de identidad. Darme de alta en un centro médico, una vez que me llegó la primera carta del banco, que sirve como prueba de residencia, también fue sencillo. La tarjeta sanitaria europea no sirve absolutamente para nada. Aquí atienden a todo el mundo, o al menos, a todos los ciudadanos europeos, independientemente de si tienen un trabajo o no. La gente no se muere por falta de atención sanitaria.

Entenderme con los ingleses, es un poco más difícil, en parte porque el acento de aquí es muy cerrado. Después de un mes, me frustra notar que todavía hay mucha gente a la que a penas entiendo, y hablar por teléfono es casi imposible, pero al menos estoy haciendo progresos.

No he dejado de escribir. De hecho, estoy escribiendo más que nunca, sólo que estoy concentrando mi esfuerzo en dos áreas distintas: el blog de la.trans.tienda (aunque es un poco menos personal que este), y mi libro. He dejado un poco de lado el libro de ficción que estaba escribiendo (de lado, pero no olvidado), para empezar a trabajar en otro proyecto que me habían pedido varias personas: el «blook de la transtienda». De todas formas, quiero seguir escribiendo aquí, y trataré de encontrar más tiempo para hacerlo.

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