El día 26 de febrero fue el último día que trabajé en la tienda. Fue el último día de la ferretería. Casualmente, aproximadamente por estas fechas, cumplía 30 años abierta.

La liquidación ha ido bastante bien, para lo que se está vendiendo en esta época, y más teniendo en cuenta que en febrero siempre he venido teniendo pérdidas. Los primeros días, cuando puse el cartel de «ofertas por liquidación», mucha gente se interesó. La última semana, los que querían comprar ya habían comprado, y los artículos más interesantes ya se habían terminado. Los últimos dos días, tan sólo venían personas miserables, que parecía que en lugar de comprar artículos de ferretería pretendían comprar mi dignidad.

Todo tiene un precio, incluso las cosas que se venden en un negocio que va a cerrar. Normalmente, cuando se dice que todo tiene un precio, significa que es posible comprar cualquier cosa, o persona, si pagas suficiente. En este caso, es del revés: la gente pretendía que les regalara todo, sin pagar nada. Como buitres que se acercan a un animal moribundo (yo) y comienzan a arrancar la carne antes de que haya muerto. Así me sentía.

Posiblemente ese deseo de aprovecharse del otro hasta la extenuación es una de las muchas causas que han llevado, y seguirán llevando, a este país a la ruina. No es que la clase política sea corrupta: es que la mayoría de la gente no es corrupta porque nadie le ha ofrecido la posibilidad de corromperse. Si pudiesen, robarían tanto o más que los que ya nos están robando. La única diferencia es que no nacieron en el lugar adecuado, o les falta inteligencia y capacidad para llegar hasta ese lugar.

Por suerte, mucha otra gente no es así. Un par de señoras mayores casi se echan a llorar cuando les dije que me iba «Hijo, que tengas buena suerte. Si es para mejor…», me desearon. Echaré de menos al señor gitano que me vendía la fruta muy barata, y encima, le pedía un kilo y me ponía más de dos. Aunque había sido cliente desde hacía muchos años, empezamos a hablar a raíz de un altercado que tuve con un pariente suyo. Aquel día, iban él y su pariente (o quizá su compadre, pero pienso que eran parientes porque se parecían mucho), y el otro me habló en femenino insistentemente. Terminé por enfadarme y se marchó sin comprar (¡Pero el negocio ya iba mal antes de que yo llegara!), aunque aquel señor se fue abochornado, tratando de calmar al otro. Unos días más tarde, el que me vendía la fruta volvió, y yo le traté bien, sin mencionar el incidente, y desde entonces, hablábamos de muchas cosas. Es un hombre muy agradable.

Muchas otras personas compraron cosas por ayudarme, aunque no les hacía falta. Hasta los padres de K., que vinieron de Almería por otro motivo, se llevaron el coche lleno de cosas que realmente no necesitan. Echaré de menos al viejecillo del sombrero, que siempre que pasaba me saludaba en portugués (había vivido en Brasil), y a la señora del pañuelo, y a la gente de la panadería de la esquina, y al chino, y al moro, que aunque me hacían la competencia eran muy majos.

Los últimos dos días yo ya no tenía paciencia para aguantar mucho a los otros, a los carroñeros. Alguno se llevó una sorpresa al descubrir que no puedes comprar a una persona por menos de dos euros, ni siquiera a una persona que se encuentra en situación complicada, y se marchó a su casa enfadado, dejándome a mí un poco más contento.

Gracias a ellos, no me dio casi pena tener que cerrar. Es verdad que mientras estaba dándome de baja en hacienda y en la seguridad tenía un pequeño pellizco en el corazón, pero el pensamiento más importante era que ya no iba a tener que aguantar a más gente miserable.

También pensaba que ese sería el último mes que tendría que pagar 261€ mensuales por trabajar. La cuota de la seguridad social en Reino Unido es mucho más baja, y no pagas nada hasta que no ganas más de 500€ mensuales (una cantidad que yo no he ganado desde hace años). Sólo me falta hacer una declaración trimestral de la renta, que se lleva el 20% de lo poco que me queda después de pagar la seguridad social, aunque luego me lo devuelvan el año que viene.

Pagar la cuota de la seguridad social era una de mis principales preocupaciones. Desde el día 1 hasta el día 25 me preguntaba cómo lo iba a hacer. Se convirtió en una especie de pensamiento reflejo, que regresaba una y otra vez, pero a partir del día 1 de marzo, cada vez que aparecía en mi mente me daba cuenta de que eso ya no sería ningún problema nunca más, y sentía un  gran alivio.

A partir de ahí, fui cerrando etapas. Cuando puse el cartel de «cerrado» en la tienda pensé «esto ya no tiene vuelta atrás», pero algo me decía que sí. Si quería volver allí, no tenía más que levantarme de la cama al día siguiente, quitar el cartel, y explicar a mis clientes que me lo había pensado mejor. Cuando le dije a mi compañera de piso que me iba el día 11, y ella me preguntó «¿Seguro?», sentí que se cerraba otra puerta. Si ella encontraba a alguien, yo ya no podría seguir quedándome allí. Pero algo me decía que si no lo encontraba, aún podía cambiar de opinión. Darme de baja de hacienda y la seguridad social era otro punto de no retorno, pero sabía que siempre podía volver a darme de alta al día siguiente, sin problema.

La semana siguiente estuve cambiando el nombre en los títulos académicos. Todavía me quedan papeles por cambiar, de los cursos que he hecho con diversos sindicatos, pero lo principal ya está hecho. Me alegré de haberme reservado unos días después de cerrar, porque me hicieron dar más vueltas que un molino. En general no tuve problemas, excepto en el colegio donde había estudiado, donde tuve que enfrentarme a la incompetencia del equipo directivo, que mostraba cierta tendencia a la procrastinación: «bueno, ya si eso, vuelves mañana». Como si la gente tuviese todo el tiempo del mundo para ir a verles a ellos. Aunque una señora de la delegación de educación les había llamado el día anterior para avisarles de que iba a ir, y explicarles qué tenían que hacer, les cogió de sorpresa (¡¿?!)  y me tuvieron allí dos horas, hasta que al final, ante mi decisión de no marcharme de allí hasta que tuviera el asunto arreglado, se decidieron a hacer algo (probablemente, lo hicieron mal. Veremos a ver qué pasa con mi título). En contraste, cuando llegué al instituto me dijeron que habían estado toda la mañana liados tratando de averiguar cómo hacer mi cambio de nombre, fueron muy amables y me trataron muy bien.

Cuando se me ocurrió pasarme por el sindicato ANPE a preguntar cómo podría hacer para cambiar los certificados de los cursos que hice allí, un señor me insultó, llamándome gilipollas repetidamente. Sin embargo, no creo que fuese una cuestión de transfobia, ya que el señor no sabía que yo soy trans (mucha gente cambia de nombre), sino simplemente, de que el gilipollas era él. Al final otra persona se disculpó en su nombre, y yo lo dejé correr porque me recordó a dos personas que conozco, y que alguna vez me han avergonzado a mí con su comportamiento hacia otros.

Seguí cerrando etapas. Me despedí de K. y de su familia. Me despedí de M. y de algunos otros amigos. Me envié por correo a mí mismo una caja llena de cosas que necesitaba tener en Reino Unido, incluyendo los apuntes de la UNED. Ahí sí que ya no había vuelta atrás: necesitaba todas y cada una de las cosas que iban en la caja. Hice llegar las llaves de la tienda y de la casa (aunque descubrí que cambiaron la cerradura del piso, no sé si para proteger sus preciosos bienes de mí, que soy una persona terrible, o para asegurarse de que si algún día me encontraba realmente necesitado, no tuviese donde acudir. Nunca sabré la respuesta a esto, ni tengo interés por llegar a saberla). Cogí el autobús hacia Málaga, facturé la maleta, pasé el control de la policía, y lo volví a pasar por segunda vez. Cada paso sentía que atravesaba un punto de no retorno, hasta que al final el avión despegó y ya sí que no había posibilidad de bajarme de allí.

En aquel momento, recordé cuando me fui de Ecuador. Unos asientos delante de mí, un niño lloraba. Yo sentía que se me partía el corazón. En el momento de irme de España, no sentía nada de eso. Estaba deseando llegar…

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