La semana pasada tuve que asistir a la utilización de un proyecto que debería estar encaminado a resolver una serie de problemas de las personas trans, para el lucro político de una sola persona. No puedo hablar todavía de ello, porque el proyecto está todavía en marcha, y nos encontramos en un momento delicado (el más delicado desde que empezamos, el de mayor vulnerabilidad), pero cuando todo haya terminado, tanto si tenemos éxito como si al final fracasamos, lo contaré todo, y no me va a importar quien o cuanta gente se enfade conmigo, o las mentiras e historias que esa persona pueda decir sobre mí para restarme credibilidad.

Estoy tan decepcionado, que no lo puedo ni decir. Llevo varios días dándole vueltas en la cabeza a las maneras en que podría explicarlo, no porque quiera que otras personas lo entiendan, sino porque escribir lo que siento siempre me ha servido para poner en orden mis ideas (una especie de terapia, a lo pobre, porque no tengo dinero para pagarme un psicólogo). He reescrito este párrafo varias veces. Me he quedado un rato mirándo al vacío, a ver si las palabras llegaban solas. Pero no. Sigo sin saber cómo expresar lo triste, lo cansado, lo enfadado, lo desilusionado que estoy… 

Me planteo para qué hago lo que hago. Para qué me esfuerzo tanto por intentar que el mundo sea un poco mejor, si parece que ya hay una o dos personas que pueden encargarse ellas solas de todo. Ya tenemos una reina de la colmena que lo sabe todo, lo hace todo, lo resuelve todo, lo negocia todo, lo grita todo, y a la que la actividad de cualquier otra persona le molesta y le estorba porque cualquiera que no opine y obre bajo su dictado, está “rompiendo la unidad del colectivo trans”. Si ella sola lo puede todo, y los demás sobramos ¿para qué me estoy molestando tanto? 

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Este fin de semana, quedé con mi amiga, la escritora Lluvia Beltrán, que venía para la presentación del libro “la puerta de las rimas” (de otro autor, no recuerdo ahora como se llama el muchacho, y sobre la que no puedo opinar porque no la he leido). A su vez, me presentó a otra gente, que también son amigos suyos, y lo pasamos genial. Me cayeron muy bien todos. Dos de ellos son una pareja que lleva poco tiempo junta, pero se les ve tan bien compenetrados… Hablamos de las pequeñas cosas de la vida: música (yo creo que Yolanda debería ir a un concurso de la tele ¡Conoce todas las canciones!), actores y cantantes guapos, trabajo, como pagar el recibo mensual de autónomos y no morir en el intento, de lo bordes y estúpidos que son algunos clientes, que te regatean por menos de un euro, de lo majos que son otros, que te preguntan por las cosas que estás haciendo, de lo imbéciles que son los jefes, que suelen despedir al que más trabaja en la empresa, mientras que aprecian a los que dedican su tiempo a hacer relaciones públicas y a “ser creativos”, de flores y plantas, de las épocas que se vende más y se vende menos, del precio de los alquileres, de café, de pizza, de lo mal que se come en Inglaterra, de proyectos de negocios que podríamos emprender… 

Todo esto llegó en un momento en el que, desde hace unas semanas, pienso en quien soy y no me acuerdo. Recuerdo que me gustaban los juegos de rol, pero ahora me propongo jugar y me echa atrás el cansancio. Recuerdo que tenía amigos con los que salía a tomar algo y a hablar de tonterías. Lo pasábamos muy bien. Me resultaba sencillo relajarme y hablar, no como ahora, que cuando hablo de cosas normales casi me siento como si estuviese cambiando de idioma. Cuando veo alguna serie (una de las pocas cosas que me relajan últimamente), empiezo a sentir angustia. Me pongo a pensar, y al llegar la noche, me parece que no soporto mi propia vida. Estoy como alienado de mi msimo. Entonces es cuando me pregunto quien soy.

Yo antes no llevaba encima de mí el peso de, al parecer, el bienestar presente y futuro de todas las personas trans de Andalucía (y, tal vez, de España, puesto que la ley que queremos aprobar significaría un punto de inflexión histórico en Europa, en lo concerniente a la atención, consideración y reconocimiento de la transexualidad y de las identidades trans. Es algo muy gordo.) Ahora siento que debo hacerlo, aunque en realidad, nadie me ha pedido que lo haga. Más bien, se me está pidiendo que no lo haga. Que me haga a un lado, porque tapo la luz de los focos, porque no estoy aplaudiendo, y, en definitiva, porque no me avengo a trabajar como una obrera más de la reina-abeja. Qué desfachatez la mía.

No necesito nada de esto. No tengo por qué salvar el mundo, y menos si, encima, debo pagar por ello un alto precio a nivel personal (y también económico). Me siento vacío. Nada de lo que hago me llena. Esta tarde me voy de viaje a Liverpool, a ver a mi hermana, y casi no tengo ilusión. No me levanto por las mañanas lleno de energía, contento de pensar en todas las cosas que tengo que hacer, sino cansado y triste tras haber dormido poco, preguntándome quien va a ser el que venga hoy a rebuznarme al oido, a enfadarse conmigo, a tratar de manipularme y aprovecharse de mí, y a enfadarse al comprobar que aquí ya no queda nada que sacar. 

Mientras pienso esto, se me ha ocurrido, por fín, la manera de explicar cómo me siento. Me siento como una babosa sobre un montón de sal. Debo empezar a plantearme qué es el montón de sal, y como salir de él. La parte buena es que yo no soy una babosa.

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