Mi hermana vivía en Barcelona, con mi abuela y su perrita, hasta el viernes pasado, que me envió a la perrita a casa, para que la cuide temporalmente. El domingo, mi hermana se fue a Inglaterra, como otros tantos cientos (o miles, no sé) de españoles con una titulación superior que emigran buscando lugares donde su capacidad sea apreciada.

Mis primeros tres días con la perrita, fueron difíciles. El sábado fue un día duro para ella. El domingo lo pasó un poco mejor, y el lunes la quería matar. El lunes por la tarde descubrí que poner la página de rainymood y jugar un buen rato en la calle la tranquilizaba, y desde entonces todo fue bien.

Esta mañana me levanté como siempre, a las 8:15. Estaba un poco más cansado de lo habitual, porque el jueves dediqué el día a trabajar sobre la ley trans que intentamos sacar para Andalucía, y a renovar el catálogo de pelucas de la.trans.tienda. Por suerte, cada tres horas la perrita me avisaba de que estaba trabajando demasiado y me obligaba a parar, y a salir a la calle un ratito. Cuando preparaba las cosas para irme a trabajar, iba contento. Primer día del mes, y último de la semana. Eso tenía que ser bueno. Tenía el móvil ligeramente descargado, así que me aseguré de llevarme el cargador a la tienda.

Pensaba estudiar, si no tenía mucha venta, algo de derecho constitucional, que es la asignatura más extensa para este cuatrimestre. Encendí el ordenador, y recordé que antes tenía que echar las cuentas del mes pasado.

Quince minutos más tarde, mi madre llamó por teléfono, para decirme que la yaya se había muerto. Fue de repente, en cuestión de unos momentos, o de unas horas, no lo sabemos. Al parecer, llevaba unos días en la cama porque se encontraba mal, y a causa de la inmovilidad, se le formó un trombo. Tenía 91 años, y era ya muy frágil. Todos sabíamos que cualquier soplo de viento se podía llevar su vida.

Cuando salía de viaje y me quedaba a dormir fuera de casa, siempre dejaba el teléfono móvil encendido durante la noche, por si mi madre me tenía que llamar para decirme que la yaya se había muerto. Así, durante años. Pero a base de esperar que alguien que se puede morir de un momento a otro no se muera, es como, si de algún modo, hubiese empezado a creer que era inmortal.

Al escuchar la noticia de que se había muerto, me quedé frío. Como si me hubiesen dicho cualquier otra cosa. Algo sin ninguna importancia. Pensé que debía venir a Barcelona, a despedirme de ella, aunque ella se fue sin despedirse de nadie (tal y como quería irse, posiblemente la mejor forma de todas), pero había demasiadas dificultades. Como no iba a venir, no tenía sentido cerrar la tienda.

En las dos horas siguientes, no dejó de entrar gente. Un señor, encargado de abrir la sede de IU, que la han puesto al lado de mi tienda, vino a hacer una llave. «Pruebela, y si no le va bien, me la trae y se la repaso», de dije, como siempre. «Ahora la probaré», respondió él. «No tarde mucho, puede que luego ya no esté aquí». Él no entendió lo que yo le estaba diciendo, y se rió. Estaba nervioso y agobiado, y seguramente pensó que era una broma.

A las 12 vi la manera de organizar las cosas. Cerré la tienda. Mi ex me acercó a casa de mis padres, y desde allí, nos vinimos en coche a Barcelona.

El último viaje a Barcelona. Lo hacíamos cada año, al menos una vez, en navidad, para ver a la familia. La misma ruta. Nos perdíamos siempre más o menos en los mismos sitios. Las paradas, más o menos en los mismos sitios.

Al llegar a la casa, la perrita se puso muy contenta. Pensaba que allí estarían mi hermana y la yaya. Como mi hermana pasaba la mayor parte del día trabajando, la perrita se quedaba en casa, con la yaya. Se hacían compañía. Entró corriendo y empezó a buscarlas por todas partes. Al ver que no estaban, se puso a ladrar, llamando. Y nos miraba a nosotros, para que le explicásemos por qué allí no había nadie ahora.

Mi tío estuvo en la casa antes que nosotros, limpiando. Ahora todo está en su sitio. El albornoz, detrás de la puerta. Los platos viejos de la perrita, en el lugar donde solían estar. La comida sin comer, en la nevera y en los armarios. Los viejos libros de mi yayo (que ahora, por deseo expreso de él, irán a parar a mi tío, quien los sabrá valorar en lo que valen, mientras que la colección de sellos, comenzada antes de la II República fue para mi madre. Este yayo, por cierto, era el que decía que la vida es corta, pero ancha), y los no tan viejos que la yaya había añadido a la colección. El mando de la tele, y la tele. El bote de quitaesmalte para las uñas, en el cuarto de baño.

Aunque eran las 23:45 salí al parque de debajo de casa, a jugar con la perrita, con la sana intención de cansarla y que se duerma (y me deje dormir a mí). No era la primera vez que jugaba allí, con ella, en ese parque.

De repente, me sentí muy raro. Sentía que todo estaba en orden, pero fuera de lugar. Todo estaba bien, pero nada era como debía ser. Yo debería estar en casa, viendo series de anime japonés y comiendo una rosca de jamón, queso y tomate con un amigo, como suelo hacer todos los viernes. El sábado debería haber ido al dentista, porque necesito una férula de descanso, y llevo aplazando el tema mucho tiempo. La perrita debería estar con mi hermana, y en la casa, debería estar la yaya, usando sus cosas.

Ayer, a esta hora, todo era así. Todo era normal. Hoy todas las cosas que ella quería están en esta casa vacía. Absurdas. Se han convertido en objetos sin sentido. La habitación de mi hermana, a la que ella pensaba volver con frecuencia, para visitar a la yaya. Las zapatillas de estar por casa, pulcramente colocadas junto a la puerta del cuarto de baño, y que ya nadie se va a poner. El sofá, donde nadie se va a sentar. Las fotos (de sus hijos, de sus nietas, de sus bisnietas) que ya nadie va a mirar.

Quizá, al final, de algún modo, estas son las cosas importantes en la vida. Esos pequeños detalles absurdos, en los que no te fijas nunca, pero que pierden sentido cuando ya no estás. Los botes de perfume correctamente alineados dentro del tocador.

Las cosas que construyen un hogar, quizá construyen también el mundo. De todas las personas de la familia, creo que yo era el que menos la llamaba por teléfono, pero ahora, mientras la perrita duerme a mis pies acunada por el rainymood, se que ya nunca podré volver a Barcelona. Sin ella, cuando esta casa deje de ser su casa, ya no será la misma ciudad. Este es el último viaje a Barcelona.

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