No sé si he contado por aquí que he solicitado una abdominoplastia para que me quiten la piel que me ha quedado sobrante en el abdomen, después de haber perdido 50kg (y otros 5 más que debería perder próximamente) por haberme operado de cirugía bariátrica hace 6 años.

Para acceder a este tipo de cirugías, la endocrina te envía al cirujano general, que te evalúa, y, según vea, te envía al cirujano plástico, que, a su vez te evalúa, y según vea, te remité a un comité de evaluación que son los que dan la valoración final de si te puedes operar o no. Una vez que por fin entras en lista de espera, esta viene a ser de unos tres años.

Sin embargo, en mi caso, el cirujano general descubrió que tengo una hernia abdominal. Yo no me había dado cuenta, ni tampoco ninguno de los médicos que me han mirado, explorado, ecografiado, medido, tocado y pesado. Sin embargo, desde que este señor se dio cuenta, ahora todos mis médicos dicen “ah, sí, es verdad, se nota fácilmente al tocar” (así también hago yo diagnósticos). Total, que cuando hay hernia la opera el cirujano general, y ya que se pone, lo hace todo de un viaje: hernia y retirada de los tejidos sobrantes. Aún así, como era una hernia muy pequeña, el cirujano decidió remitirme igualmente al cirujano plástico, para que él tomase la decisión final.

Mi encuentro con el cirujano general no tuvo nada reseñable. Como en mis papeles sigue poniendo Elena, no hace falta que explique que soy transexual. Generalmente lo que ocurre cuando tengo cita con médicos desconocidos es que se creen que soy mi propio acompañante, y se quedan desconcertados un momento al ver que entro solo (“Ehm… ¿Y Elena?”, me preguntan ligeramente sorprendidos, y eso que siempre aviso a la enfermera que recoge las citas, pero algunas enfermeras son imbéciles, y otras, simplemente, están demasiado saturadas de trabajo y de pacientes enfadados como para poder estar en todo, las pobres). Les digo que soy yo, pero que me llamo Pablo, y con eso ya es suficiente. El cirujano me preguntó por las cirugías a las que me he sometido, o a las que me pienso someter, de manera correcta y pertinente, ya que algunas, como la faloplastia, requieren el traslado de tejidos del abdomen, y es lógico que quiera saber qué puede encontrarse si me abre, y qué cosas debe tener cuidado de no tocar, para no dificultar cirugías posteriores que estén pendientes de realizarse. Todo muy bien.

Sin embargo, el martes pasado tuve la cita con el cirujano de cirugía plástica. Ya había avisado a la enfermera, que me había estado llamando Pablo cada vez que se dirijió a mí, pero ella olvidó avisar al médico, que terminó llamándome Elena, para sorpresa de todos los pacientes de la sala de espera, que cuando me vieron levantarme, sintieron ganas de de agredirme porque pensaban que iba a aprovechar que llamaban a aquella chica para colarme. Algunos llevaban esperando desde las 8 de la mañana, y eran ya las 11, por lo que se comprende que estuviesen bastante enfadados, y que su tolerancia con los que intentan colarse estuviese bajo mínimos. Mi tolerancia con los que no se acuerdan de llamarme por mi nombre a pesar de que he avisado, también está bajo mínimos, pero después de que en menos de una hora la pobre enfermera ya se había llevado dos broncas sin tener culpa ninguna, decidí no decir nada o la pobre era capaz de quitarse la bata en el acto y dirigirse al departamento de salud mental (que casualmente estaba al otro lado del pasillo) para pedir la baja por depresión.

Tardé un minuto en darme cuenta de que el cirujano pensaba que yo soy una mujer transexual. Para una buena parte de la gente, una persona transexual es “un hombre que quiere operarse de cambio de sexo para ser mujer” (y una buena parte de quienes no piensan esto, tampoco es que hayan conseguido ir mucho más allá, pero bueno…), así que ya me he acostumbrado a que mucha gente, cuando digo que soy transexual, piense que soy una mujer transexual.

Lo realmente sorprendente de esta gente es que tal apreciación se ve reforzada por el hecho de que no ven nada femenino en mí. Supongo que creen que las mujeres transexuales adquieren su feminidad mágicamente después de haber operado, gracias a una especie de sortilegio mágico de feminización que irradia desde los genitales, y que actúa en cuestión de horas. Posiblemente, el efecto incluye un halo de chispitas de hada y ruido de campanillas, y la afectada elevándose, ingrávida, a unos dos palmos del suelo. Luego, los que estamos trastornados, somos nosotros.

Total, que yo me había dado cuenta en seguida de que el cirujano: a) pensaba que yo soy una mujer transexual, y b) no tenía ni puta idea sobre transexualidad. Lo malo es que, encima, él creía que sí sabía, y siendo un super cirujano, posiblemente con muchos reconocimientos en el campo de la medicina, no iba a rebajarse a preguntarle nada a un paciente ¿verdad que no? Así que decidí no ponérselo fácil.

Cuando asumí mi propia transexualidad, yo no sabía qué me pasaba, ni como explicarlo, ni como nada. Cuatro años más tarde, todavía tengo muchas cosas sobre las que pensar, pero soy perfectamente capaz de explicar lo que significa [para mí] ser transexual. Es más, cuando alguien me pregunta, puedo responderle no sólo a lo que me está preguntando, sino a lo que realmente quiere saber, ya que todo el mundo tiene más o menos las mismas dudas.

Sin embargo, hay gente que cree saber todo lo que hay que saber, y no pregunta nada. Nunca han visto en su vida a una persona transexual. Como mucho han contratado los servicios de una prostituta transexual, o se han encontrado con la prima de la sobrina de la cuñada de su vecino del quinto. O han leido libros. Una vez vieron un documental muy curioso de un hombre que se sentía mujer y se quería operar.

Es peor tener conocimientos errones sobre un tema, que no saber nada. Si reconocer la ignorancia es difícil, reconocer que el error lo es mucho más. Combina esto con la arrogancia que a veces tienen quienes están acostumbrados a encontrarse con personas que saben mucho menos que ellos sobre cierto tema (como es el caso de los médicos, jueces y personal docente de cualquier nivel, desde los maestros de escuela a los profesores de universidad), y ahí tienes el retrato del cirujano al que estaba visitando.

A ese tipo de personas que ya creen saberlo todo, es muy difícil explicarles nada. Cuando me encuentro con gente que creer saber más que yo sobre algo de lo que sabe menos, lo mejor y más divertido es dejar que se den cuenta por si mismos. Eso es lo que hice.

“¿Has hecho ya algún trámite legal, entonces?” fue una de las primeras preguntas que me hizo el cirujano, al ver la discordancia entre mi aspecto, el nombre que aparecía en los papeles, y el nombre por el que yo le pedí que me llamase.

“Estoy en ello, pero todavía no tengo nada”. El cirujano sonrió paternalista “estás en ello, pero algo has hecho ¿no?”. “Sí, algo he hecho, pero todavía no tengo nada”. Para mí era obvio que él pensaba que ya había cambiado de nombre legal. Él debió llegar a la conclusión que yo no era capaz de entender la pregunta que me estaba haciendo, ya que si yo era un hombre que quería ser mujer, y en los papeles aparecía como mujer, estaba claro que sí había realizado algún trámite legal para cambiar de nombre, y sexo legal, en contra de todo lo que dictaba el sentido común sobre mi identidad de género, e incluso en contra de mi propia actitud, al pedirle que me llame Pablo. Hay muchísima gente que asume que las mujeres transexuales actúan de manera completamente incongruente. Después de todo, si estás tan loco como para creerte que eres una mujer, puedes hacer cualquier barbaridad.

Debo reconocer que el cirujano tuvo un buen detalle, pues me preguntó si prefería que me llamase Elena en vez de Pablo (el pobre pensaba que si había cambiado de nombre legal, debía ser porque quiero que me llamen Elena, y probablemente imaginaba que mi insistencia en que me llamara Pablo se debía a una cuestión de timidez). Ese fue un buen detalle por su parte.

Me preguntó si me había operado de algo, y yo le comenté que no, pero que estaba pendiente de una mastectomía. Mientras lo decía, me señalaba el pecho con la mano. Sin embargo o pensó que yo no sabía qué estaba diciendo y había confundido mastectomía con mamoplastia, o quizá creyó haber oido mal (mastectomía se parece mucho a vasectomía), o vaya usted a saber, porque la información le resbaló hasta el punto de que repitió la pregunta “¿te has operado?” dos veces más (obteniendo la misma respuesta por mi parte, y, todo hay que decirlo, divirtiéndome un poco con sus intentos de encuadrar la información que estaba recibiendo para formar una respuesta que él pudiese entender). Hacia el final de la consulta comentó “bueno, si te sobra piel puede ser una ventaja de cara a ponerte implantes” (refiriéndose a implantes mamarios). La mente humana a veces es inasequible a la información inesperada. Y eso es algo tan perversamente divertido…

 Pero el mejor momento con la gente que cree que soy una chica trans y da por echo que lo sabe todo sobre mí es cuando por fin han reunido suficiente información contradictoria y su cerebro ya no puede encontrar una forma de explicar lo inexplicable. En este caso ocurrió cuando me preguntó si tenía algún papel de mi endocrina, para redactar mejor la respuesta, y se lo dí. Miró el tratamiento que sigo y se encontró la testosterona.

“Esto de la testosterona será para bloquear los androgenos… ah, no…” comentó tratando de entender lo que sus ojos veían escrito, y esta vez proveniente de una fuente fiable, es decir de otro médico. Él sabía que inyectarse testosterona para bloquear la testosterona no es una buena idea, pero al mismo tiempo, esa era la única posibilidad. ¿Tal vez algún nuevo descubrimiento que consistiese en bloquear la producción de testosterona saturando al paciente hasta que le saliese por las orejas? Así que me preguntó a mí “¿Esto lo tomas para bloquear los andrógenos?”. Y yo “no”. “¿No? ¿Entonces por qué lo tomas?”. “Pues porque soy transexual.”

Para que esta respuesta funcione, hay que decirlo convencidísimo. Que se note que es algo obvio. La otra opción en ese momento habría sido decir “es que soy transexual de mujer a hombre”, y así habría permitido que el cirujano salvase un poco del orgullo que todavía le quedaba. Eso es lo que habría hecho una buena persona. Pero yo soy malo y por eso no lo hice. Estaba esperando que ocuriese algo que estaba a punto de ocurrir.

 El cirujano me miró con desconcierto. Miró el informe de la endocrina. Me volvió a mirar más desconcertado, y, por fin, rendido, confesó “no entiendo nada”. Y, como soy malo, esto me produjo un inmenso placer. Una delicia indescriptible a la que todavía le falta la guinda. “¿Qué es lo que no entiende?”, pregunté yo todo inocente, como si no supiese cual era el problema que tenía este señor. Para que esto funcione, es necesario (importantísimo) estar dispuesto a dar una explicación completa a la pregunta o preguntas que vengan después. Lo contrario, sería pasarse, y tampoco es eso. Yo sólo quería que el cirujano se diese cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, y una vez conseguido eso, tampoco habría estado bien ensañarse [más de lo que ya me estaba ensañando]. Se trata de no crearse enemigos, así que hay que ir calibrando bien lo que se hace, para evitar que la persona se enfade.

A partir de ahí sí fue cuando le dije que yo soy un hombre transexual, es decir, de mujer a hombre. Todo empezó a cuadrar y el cirujano se relajó, y al mismo tiempo se puso más nervioso. Era como si hasta ese momento hubiese estado subido en un podio tres escalones por encima de mí, y de repente se hubiese bajado de él, con un poco de vergüenza. Pobre. “Vaya, me has engañado”, comentó, y a mí no me dieron ganas de estrangularlo ahí mismo porque ya lo había humillado suficiente. Eso sí, debí mirarle mal, porque en seguida rectificó “es que no se te nota nada”, para hacerme saber que no era una crítica, sino un cumplido bastante torpe (y que se había dado cuenta de que había sido torpe, por enésima vez).

En varias ocasiones mencionó la expresión “cambio de sexo”, y tampoco le dije nada, porque no se me ocurrió una manera corta e ingeniosa de hacerle ver que no es muy profesional que un cirujano hable de esa manera. Se me ocurrió más tarde, cuando volvía en coche a casa… Debí decirle que eso de decir que una cirugía de reconstrucción genital es un cambio de sexo es como decir que la cirugía bariátrica (que reconstruye el aparato digestivo) es un “cambio de estómago”. En realidad no cambias nada, sólo lo mueves de sitio para que pueda cumplir una función que antes no hacía.

En fin, ya lo llevo pensado para otra vez que me tope con un médico así, y vosotrxs que me estáis leyendo, podéis quedaros también con la respuesta si os gusta. A este cirujano ya no se lo podré decir, porque al final no me va a operar él. Como tengo una hernia de estómago, opina que mejor que me opere el de cirugía general, que, además, está perfectamente capacitado para arreglarme todos los colgajos de la barriga. Además, al ser una operación no estética, no requiere pasar por el tribunal evaluador, y la lista de espera viene a ser de un año menos. Dos años, en lugar de tres.

Yo, la verdad, ahora que he conocido al cirujano plástico, también prefiero que me opere también el de cirugía general.

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