La semana pasada me llegó una tarjeta de crédito a mi casa, por correo certificado, pero como no estaba, no pude recogerla. Venía a mi nombre, es decir, a nombre de Pablo, porque es el nombre que di cuando me la hice.

En realidad, en el momento de dar los datos ya prevía que iba a tener problemas con el nombre, aunque no me imaginé que los problemas serían con correos. Pensé que el problema sería para que me la aceptaran al pagar, pero me dio igual, porque en realidad no la necesito, y la empresa que la emite sí necesita hacérmela a mí. Di mi nombre porque no me salió de los… pies insultarme a mí mismo diciendo que soy una persona que no soy.

Fui a correos y expliqué la situación. La funcionaria no entregó la carta, aunque sospecho que de verdad se creyó que el envío era para mí. Sin embargo, la normativa de correos es clara: los certificados se entregan únicamente al destinatario, que demuestra que lo es presentando su carnet de identidad. Me dijo que si quería, que fuese por la mañana, que está el director. Tenía que ir a las 8:30 de la mañana, que es cuando abren, para no tener que hacer cola. Me dio pereza, y no fui. Llegar allí a las 8:30 a mí me supone tener que dormir una hora menos, y esa carta no era algo tan importante como para dedicarle ese esfuerzo.

Mi paciencia se acabó cuando el viernes llegué a la tienda por la mañana y descubrí dos cosas: primero, que el cartero no había hecho huelga (yo sí), y segundo que justo ese día me había traido un paquete, que yo no había podido recibir por tener la tienda cerrada. Dicho sea de paso, el principal motivo por el que cerré fue que un amable piquete vino a comprar pegamento para estropear las cerraduras de la gente que se sabía que iba a trabajar el jueves, y a mí esa información me bastó para convencerme de que era mejor cerrar que abrir, sobretodo teniendo en cuenta que los días de huelga la gente ni siquiera va a comprar, porque no saben si se encontrarán la tienda cerrada.

El paquete iba a nombre de Pablo, y esta vez no fue error mío, sino del remitente, que posiblemente se lió entre el nombre de usuario en la web donde lo compré, y el nombre del destinatario del envío.

De modo que ahora me toca ir a Correos, perder una hora de sueño, y tratar de convencer al director de la oficina de que me de el paquete. No tiene por qué hacerlo. En realidad, no debería hacerlo, según la normativa de Correos, que en ese sentido es muy estricta. Me llevaré todos los papeles de los médicos, y el resguardo de la solicitud de cambio de nombre, y mi mejor sonrisa, a ver si cuela. Si no cuela, me jodo.

Hay dos tipos de discriminación: la directa y la indirecta. Discriminación directa sería no entregarme el paquete viniese a nombre de quien viniese. Discriminación indirecta (estructural que diría nuestro Ministro de Justicia, el Sr. Gallardón) es que cada pequeño y estúpido contacto que tenga con la administración se convierta en una tragedia. No puedo estudiar bajo mi propio nombre en la UNED. No puedo ir al médico sin que alguien vocee mi nombre legal, ni mucho menos a sacarme sangre. El número de la tarjeta sanitaria debe estar para despistar al personal y dar la sensación de que cada paciente tiene una identificación única, porque si por casualidad se borra o tacha el nombre en los volantes para análisis de sangre, todas las enfermeras (no sé por qué son siempre mujeres) se ponen de los nervios (aunque en cierta ocasión alguien se equivocó y sacó los resultados del análisis a nombre de mi hermana, y llegó perfectamente a las manos del médico. Y ahora recoger un paquete de correos parece misión imposible.

Hay dos formas de evitar todo esto: o controlarnos menos (creo que la gente no es consciente de la cantidad de veces que enseñamos el DNI al cabo de un año. En los últimos tres años y medio yo debo haberlo mostrado cientos de veces), o que me hubiesen permitido cambiar de nombre y sexo legal cuando cambié de nombre y sexo legal socialmente. Ah, pero si se hiciese cualquiera de las dos cosas, nuestra civilización se hundiría, y sería la anarquía.

Sin embargo, ha habido momentos en la historia en que nadie tenía DNI, y no pasó nada. Y no creo que el efecto mágico apocalíptico de un cambio de nombre y sexo legal sea distinto si lo haces cuando efectivamente cambias de identidad, o si lo haces casi cuatro años más tarde. En mi opinión, el mundo seguiría girando exactamente igual. Supongo que para mucha gente el riesgo de que me equivoque y el mundo se acabe si dejamos que la gente sea quien quiera es demasiado grande como para probar a ver que pasa.

Mi único consuelo es que, con el 30% que la seguridad social me descuenta por ser legalmente mujer me llega más que de sobras para pagar los gastos de envío del paquete, en caso de que tengan que remitírmelo de nuevo. Lo malo es que entre que hace el recorrido ida y vuelta a China vete a saber cuanto tiempo pasa

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