El fin de semana pasado no, el anterior (ya, últimamente actualizo incluso menos de lo normal), fui con Kim Pérez y otros amigos a las jornadas de la Asociación de Madres y Padres de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales (AMPGYL). Desde el momento en que invitaron a Kim, nos dimos cuenta de que estas jornadas podían suponer un punto de ancuentro muy importante de cara a realizar acciones en el futuro. Pensamos que, como transexuales adultos, ycomo activistas, teníamos cosas importantes que compartir con los padres de lxs jóvenes trans que están comenzando ahora a vivir en su sexogénero elegido.

Lo cierto es que nos emocionamos muchísimo. Hace ya algún tiempo que los padres y madres (más las madres que los padres, pero también los padres) están apoyando cada vez más a sus hijos e hijas trans, pero a lo largo del último año hemos notado que estamos en un punto de inflexión. Hasta ahora, uno de los problemas que venían «de serie» en el pack «soy transexual» era la oposición de la familia. En cambio ahora, las personas trans que van saliendo del armario y tienen 20 años o menos, suelen tener el apoyo de sus padres. Con ciertas defensas y reticencias, para que lo vamos a negar, pero al menos les apoyan, en lugar de convertirse en sus más decididos agresores (como, desgraciadamente, venía siendo habitual).

Es algo muy emocionante. A lo largo de la historia, siempre han existido personas que se han salido de la norma en el terreno sexual (en lo que respecta a orientación sexual, identidad, o rol de género), pero lo que no se ha visto con tanta frecuencia es que sus padres y madres les apoyasen. Por primera vez en miles de años de historia europea, las madres y los padres, en lugar de avergonzarse de sus hijos GLTB, ser comprensivos con la sociedad que les discrimina (es que es normal, si es rarit*…), incluso posicionarse como ofendidos a causa del deshonor y la mancha que trae una persona GLTB a su familia, deciden luchar por los derechos de sus hijos, y no como segundones de las asociaciones GLTB, sino con iniciativa propia, reivindicando su propia voz en esta cuestión.

Fueron muchas veces las que me emocioné durante las jornadas, con ciertas dificultades para no ponerme a llorar ahí mismo como una Magdalena (y no lo hice por la sencilla razón de que cuando alguien llora todos le miran, y me pareció que había muchas otras cosas más interesantes que la gente tenía que mirar).

Aprendí muchísimo sobre cómo afecta la existencia de una persona LGTB en el interior de una familia. De hecho, a diferencia de las jornadas a las que suelo ir, que casi siempre tienen un marcado caráctar político y público, estas eran unas jornadasprivadas en las que la política ha ocupado un lugar marcadamente secundario, no como una guía para alcanzar objetivos, sino como una especie de ruido de fondo, del que es fácil olvidarse (como el ruido del tráfico que pasa bajo tu ventana). Aquí se estaba hablando de cosas importantes, desde el cariño y el apoyo mutuo.

Creo que ese es el punto fuerte de AMPGYL, su capacidad de crear espacios de seguridad donde no se juzga a la gente, y todos encuentran rápidamente un lugar. Sólo en un ambiente así, una persona puede reconocer abiertamente «yo antes era homófobo», y darse cuenta de que durante años fueron, sin saberlo, y desde luego sin pretenderlo, agentes de la sociedad que discrimina a sus hijos, y generadores de angustia. Lo más importante, sólo en un ambiente así uno puede perdonarse a si mismo por los errores que ha cometido, y por los que cometerá en el futuro (perdonarse a uno mismo no es sinónimo de autoindulgencia, y es necesario para poder vivir sin angustia).

A nivel de aprendizaje mío, una de las cosas más curiosas que he aprendido ha sido que, aunque el discurso de la igualdad (no se puede discriminar a los gays, y todas esas cosas) se ha instalado en nuestra sociedad lo suficiente como para que reconocerse homófobo sea vergonzoso, al mismo tiempo no ha calado lo suficiente como para que eliminar al homófobo que casi todos nosotros llevamos dentro.  Jose Ignacio Pichardo, en su ponencia, comentó que el rechazo a los homosexuales forma parte del rol de género masculino, por lo que si eres hombre, no sólo tienes que ser heterosexual, sino que, además, debes rechazar decididamente a los homosexuales y todo lo que pueda entenderse como relacionado con la homosexualidad. Así es como se controla a los hombres para que cumplan con su papel en la sociedad (a las mujeres se las controla de otras muchas formas). Y entonces ¿cómo va a calar el discurso contra la homofobia, si va en contra de algo mucho más profundo, como es el rol de género de la masculinidad? Es como querer nadar y guardar la ropa. Tendré que pensar sobre el tema más detenidamente.

Me gustaría que mis padres hubiesen tenido el valor de anfrentarse a sus miedos y de buscar en internet a la Asociación de Padres y Madres de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales (no sé si ese es el orden correcto, pero tampoco importa mucho, supongo). Seguramente el contenido de todo este blog habría sido muy diferente, mucho más optimista (aunque, por otra parte, lo más probable es que si hubiese contado con el apoyo de mis padres, yo no habría viajado a Ecuador, ni habría hecho muchas de las cosas que he hecho en los últimos tres años), y seguramente ellos estarían ahora mucho mejor al poder desahogarse con otras personas en su misma situación (ninguno de sus amigos tiene hijos GLTB) y poder compartir experiencias y recibir recursos de ellas. Para los padres que sí habéis tenido el valor de hacerlo, y habéis llegado a este blog, os dejo la dirección de la web de AMPGYL (ojo, cuando se abre, parece que está vacía, pero realmente no lo está. Lo que ocurre es que el texto se ha «caido», y está mucho más abajo, en la misma página).  Podéis encontrarles en http://www.ampgyl.org/

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