Durante el primer año de mi transición noté que dos amigos (varones) se habían distanciado considerablemente de mí a raiz de  mi transexualidad. No es que hubiesen dejado de tratarme, pero su relación conmigo había pasado de «muy buenos amigos», de poder hablar de todo durante horas y horas,  a «conversación cortés». Al principio pensé que ya se les pasaría, pues al no manifestar una oposición abierta, simplemente pensé que no sabían como tratarme ahora.

Un par de años más tarde me enteré por una persona muy allegada a uno de ellos que el problema que ese en concreto tenía era que yo le gustaba como mujer… y si me admitía como hombre significaba que le gustaba un hombre, o alguien que había llegado a serlo, o algo así. Y eso ¿en qué lugar le dejaba? ¿En algo así como un gay, o un bisexual?

No sé si al otro amigo le sucedía lo mismo, pero apostaría que sí, pues sus caracteres y su relación conmigo eran muy similares en ciertos aspectos.

Esto es el «reto a la heterosexualidad»: hacer que los heteros tengan duda sobre su orientación. Y es que muchas personas heterosexuales basan su percepción de la propia orientación sexual en cómo se relacionan con los demás, y no en la percepción de lo que les atrae. En lugar de decir «soy heterosexual, me gustan sólo las personas del sexo opuesto» (claro, para ser heterosexual hay que pensar que existe un sexo opuesto), dicen «me gustan sólo las personas del sexo opuesto, debe ser que soy heterosexual». Una extraña lógica inversa que les lleva a definir sus preferencias en función de cómo se relacionan con los demás, en lugar de relacionarse con los demás en función de sus preferencias.

El reto a la heterosexualidad se produce cuando una circunstancia externa hace que las personas presuntamente heterosexuales (presuntamente, porque su orientación sexual está permanentemente en tela de juicio) ven amenazado su status heterosexual. Además, generalmente sólo les ocurre a los hombres. Que yo sepa, nunca he visto ninguna mujer que tuviese problemas con eso.

El reto a la heterosexualidad causa en quienes lo sufren una terrible sensación de inseguridad. Yo diría que es casi angustia. Supongo que después de toda una vida haciendo chistes sobre gays, y entendiendo a los gays como «los otros», la mera idea de dejar de ser sujeto de burla para convertirse en objeto, te pone los pelos de punta. O quizá son plenamente conscientes de los privilegios que conlleva ser heterosexual (y ser visto como tal por los demás) y temen perder esos privilegios que su condición u orientación sexual conlleva.

A mí, todo hay que decirlo, me encanta provocar el reto a la heterosexualidad. Cuando algunos hombres se me quedan mirando el pecho atónitos y preguntándose «¿dónde están? no puede ser», por una parte me produce cierto sentimiento de disforia, pues me siento empujado a un lugar femenino, situado en el lugar de objeto de deseo, de quien existe para ser mirado y disfrutado. Por otra parte me resulta divertido ver las dudas que mi identidad crea  sobre la suya, con un efecto demoledor que les va a dar mucho que pensar.

El reto a la heterosexualidad puede producirse en muchas otras circunstancias. Por ejemplo, el mero hecho de ser visto con alguien «no heterosexual» puede generarlo. ¿Qué pensarán los demás si me ven con fulano o mengana? ¡Pueden creer que soy lo que no soy! Cuanta más estrecha sea la relación, mayor es el reto. Si en vez de tener un conocido gay, es tu mejor amigo, es malo. Si tienes muchos amigos gays, peor. Si, encima, pasas mucho tiempo con ellos en lugares públicos, más peor todavía. Si te ven entrando en lugares de ambiente, es el apocalipsis. Si te ven dentro de un lugar de ambiente, entonces… entonces no pasa nada. Los dos estáis comentiendo el mismo pecado… ¡mejor no tener prejuicios!

El reto a la heterosexualidad es motivo de muchas agresiones y asesinatos de personas trans. «Yo creía que era una mujer, y cuando descubrí que no lo era perdí el control…» suele ser la explicación que dan muchos asesinos de mujeres transexuales. Hace algún tiempo, unos heteros apuñalaron repetidamente a un gay porque les daba miedo. También es motivo de vergüenza para las familias, especialmente para los hijos de padres/madres homosexuales o transexuales. «¿Pensarán mis amigos que yo soy homosexual porque mi madre es lesbiana?». O peor «¿pensarán mis amigos que yo soy gay porque mi padre es gay?». O peor «¿Y si resulta que lo de ser gay/trans es genético, y yo también soy?».

No deja de sorprenderme que muchas personas basan su autoconcepto en la percepción que los demás tienen sobre ellas, especialmente los hombres (también les ocurre a algunos gays, aunque en este caso, sería el reto a la homosexualidad… y también reto a la cisexualidad). Mirarse en los ojos de los demás como si fuesen el espejo que nos dice quienes somos nosotros. Relativizar nuestro papel en función del rol que cumplimos frente a otros. ¿No es un poco raro? Pues ocurre.

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