Hoy, con motivo del Día Internacional de la Lucha por la Despatologización de las Identidades Trans mi grupo (Conjuntos Difusos) ha organizado una mesa redonda sobre «despatologización y no binarismo». En principio yo ib a participar en la mesa, pero por estas cosas de la vida, no he podido ir. Si hubiese ido, esto es lo que habría dicho:

Cuando se habla de despatologización, hay que ir resolviendo varias objecciones que nos plantean los interlocutores, y que casi siempre son las mismas. Una de ellas es la siguiente: si no hubiese ningún control psicológico/psiquiátrico sobre las personas que acceden a la hormonación y las cirugías, cualquiera podría presentarse ante el médico y pedir que le cambien de sexo. La respuesta a esta objección es «Por supuesto. Esa es exactamente la idea, sí». Entonces al interlocutos se le encienden todas las alarmas. ¡Anarquía! ¡Descontrol! ¡Locura y despilfarro! ¡Peligro!

«Entonces eso sería una barra libre.»

«¿Y si luego se arrepienten?»

«¿Crees de vedad que cualquier persona está capacitada para tomar esa decisión por si misma?»

O, lo que es lo mismo: no podemos saber qué clase de ecatombe socio-sanitaria y económica ocurriría en caso de que se retirase el control psiquiátrico. Ecatombe social, porque la gente – todo el mundo, cualquiera – acudiría en masa, sin ton ni son, a pedir que les cambiasen de sexo. Ecatombe sanitaria porque luego algunas de las personas que solicitaron el cambio de sexo, se encontrarían con que se habían automutilado de manera irreversible. Ecatombe económica, porque, enci,a, queremos que todo esto lo pague el sistema público de salud.

La cuestión es que en realidad sí sabemos qué ocurriría si las personas pudiesen acceder a las hormonas y cirugías de «reasignación sexual» sin un control psicológico previo, porque existen muchos paises en los que esto se hce así, hoy en día. Ecuador es uno de estos paises, y no es el único.

En Ecuador cualquiera puede ir al médico y decirle «quiero operarme», o «quiero que me controle la hormonación». No me refiero con esto últimoa que se receten hormonas, sino a que se indique cuanta cantidad de ellas suministrarse, en qué presentación (¿parches, pastillas, gel, inyecciones?) y se realicen las revisiones médicas necesarias para controlar que el tratamiento no está teniendo efectos secundarios indeseados, ya que en Ecuador, la venta de hormonas es libre. Cualquiera puede ir a la farmacia y pedir testosterona o antiandrógenos. En concreto, si queréis testosterona, la venden en cualquier farmacia de la cadena Fybeca.

Y no pasa nada. La gente no acude en masa a cambiar de sexo, ni se producen dramáticos arrepentimientos que trucan la salud y las visas de las personas. Las personas trans gozan de autonomía total para modificar sus cuerpos sin la supervisión de un psicólogo benefactor que les impida hacerse daño. Curiosamente no se hacen daño.

Pero es menteria que no ocurre nada. Sí que ocurre. Ocurre que las personas trans están más tranquilas y son más libres porque no tienen que preocuparse de si les van a permitir acceder o no a los tratamientos que necesitan, ni tienen que preocupars de qué ocurrirá si se arrepienten, ni tienen que adaptarse a ciertos patrones de comportamiento prescritos por el médico para demostrar que merecen poder modificar sus cuerpos.

Bien, en realidad, algunas sí se hacen daño, pues se suministran dosis de hormonas incorrectas, se operan en lugares insalubres, se inyectan silicona industrial líquida… Porque sí hay un elemento de control que restringe selecciona quien tiene acceso a los servicios sanitarios y quien no. Este elemento de control es el dinero. Quienes lo tienen van al médico, y quienes no lo tienen, no.

No es fácil ser trans en Ecuador. Transexualidad y prostitución están, en muchos casos, unidas de manera inevitable. Muchas personas trans no tienen que preocuparse por si se arrepentirán en el futuro de los cambios que hagan sobre su cuerpo porque no saben si tienen futuro. Puede que mañana no estén vivas. No saben si la policía les dará una paliza (esto ocurre cada vez con menos frecuencia), si un cliente intentará matarlas, o quizá sean presa de un homófobo que las matará sin consecuencia, porque nadie investigará el crimen. Sus vidas no son importantes para nadie, no merecen ser lloradas.

Por eso, más que si se arrepentirán en el futuro, les preocupa si comerán mañana, si tendrán clientes, si podrán pagar el taxi para volver a casa, o el alquiler de su misérrima pieza. Las prostitutas trans de las calles de Quito son ancianas a los 30 años. ¿Qué futuro puede preocuparlas?

Todo esto por ser mujeres, y por ser trans. Ese e el precio que tienen que pagar por ser distintas y lo pagan cada día, sin plantearse adoptar una identidad masculina para salir de ahí.

A pesar de todas las circunstancias adversas, en Ecuador florecen las más diversas manifestaciones de género. En una sociedad profundamente binaria, donde el papel del hombre y la mujer está perfectamente definido y muy diferenciado, se dan también las circunstancias apropiadas para que florezca una enorme variedad de géneros que no tienen ni nombre ni forma definida. No hay locura, ni trastorno, ni sufrimieno más allá del que los demás les inflingen. Sólo hay el ser felices siendo como son, y punto.

El que no haya una ámplia cultura y literatura médica indicándote como tienes que ser para ser una auténtica persona trans, etiquetando, catalogando, clasificando, evaluando y juzgando si eres como derías ser, es la libertad que allé tienen y aquí nos falta. La libertad para inventarte quien quieres ser sin que nadie venga a decirte que tienes un transtorno mental que te hace sentir descontento con tu sexo pero que no es disforia de género, y que nadie puede ayudarte a superar (o curar), pero que está claro que no se va a resolver modificando tu cuerpo.

Eso es lo que pasaría si cualquiera pudiese acceder, sin control psicológico previo, a las hormonas y cirugías. Libertad para las persnas trans. Tranquilidad, felicidad. Eso es lo que pedimos.

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