Desde que empezó septiembre estoy ayundando en la tienda de mi madre, donde trabají durante años. Hoy una clienta sentía curiosidad por la composición de mi familia.

–          ¿Cuántos hermanos sois? – me pregunta.

–          Dos.

–          ¿Dos solamente? – dice sorprendida – Yo pensé que érais más.

No lo dice, pero siento que en la lengua se le tropieza el número tres.

–          No, no, sólo somos dos.

–          Claaaaaro ¿y par qué más?

–          Uy, ya le digo ¡Con lo que nos peleábamos de pequeños mejor ser sólo dos! – Intencionalmente añado el adjetivo “pequeños” porque empiezo a ver por dónde van los tiros.

–          Pero os parecéid mucho, sobredo la forma de la boca. Yo, cuando te he visto, por un momento me he pensado que eras ella.

Mi hermana y yo nos parecemos como un huevo a una castaña. Además, mi hermana no ha pisado la teinda en diez años o así.

–          ¿Usted cree? A mí no me lo parece…

–          Sí, sí, pues os parecéis un montón – como si fuéramos gemelos, pienso para mis adentros – ¿O eres tú la que estabas aquí antes?

–          Sí, yo venía antes…

–          No, no, pero era tu hermana. Es que os parecéis mucho. Pero ella ya vendrá menos porque se ha casado ¿verdad?

–          No… mi hermana no se ha casado… – ni ha tenido intención de hacerlo nunca.

–          ¿Ah no? Pues yo pensaba que sí – llegados a este punto la señora debe empezar a notar que se está pasando de cotilla, así que se despide -. Bueno, bueno, hala, que me voy.

–          Adios…

Ya os lo estaréis imaginando. Yo era “la que venía a la tienda, y “la” que se iba a casar o se había casado ya (una boda explicaría mi desaparición de la vida “pública”). Aunque yo pretendía hablar de mi hermana, en realidad de quien estábamos hablando, era de mí.

No es la primera vez desde que estoy allí que alguien me pregunta que si soy mi hermano. La situación me divierte, y me agrada porque indica lo mucho que he cambiado, pero al mismo teimpo me hace sentir que estoy cometiendo uno extraño tipo de incesto, como en esas historias en las que alguien descubre que su madre es su tía, o su padre es su abuelo, o su hijo es su hermano. O yo soy mi hermano.

A veces mis respuestas les hacen salir de su error, otras veces no. Igual que cuando me dicen “vaya, te veo cambiada”, o “¡estás muy ronca!”. Intenté explicarle a alguien que mi pérdida de cabello es normal, pero fracasé. Estoy esperando a que alguien me sugiera la depilación por laser para eliminar mi incipiente barba.

Y después están los que lo toman con naturalidad, como los de la óptica. Al mirar mi ficha (buscada por apellidos), la dependienta me pregunta sorprendida “¿Tú te llamas Elena?” Y yo, con un hilo de voz (grave) “si… ¿se puede cambiar el nombre de la ficha?” La chica responde afirmativamente, acompañándose de un gesto que viene a decir “obviamente, es normal que la gente cambie con el tiempo”. Después me atiende otra persona que me conocía de antes, y me reconoció en cuanto crucé la puerta.

–          Chico, pasa por aquí para graduarte – me indica amablemente.

Pues claro, todo el mundo cambia.

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