Necesitas una o dos fotos para algo: el carnet de identidad, una solicitud de algo, para el currículum… Entonces vas al fotógrafo y te las haces, pero no te hace una o dos, sino que te da 6 u 8, y una grande. Pagas, das las gracias y te vas, pensando en para qué carajo quieres la foto grande.

Pasa el tiempo, y como las fotos son caras, en realidad no las usas: las escaneas o las fotocopias, que es mucho más barato. La foto grande ni la miras: no sirve para nada, y además sales con cara de etarra. Al final acaban sobrándote fotos, además de la ya mencionada foto grande, que se van acumulando al fondo de ese cajón que no limpias nunca y que en realidad tampoco usas para nada especial, excepto para acumular cosas que no tienen utilidad.

Cuando llegué de Ecuador, una de las cosas que más e chocó fue la acumulación de objetos en mi cuarto. Tengo un montón de cosas, la mitad de ellas inútiles, la mitad de ellas no las uso. He pasado cuatro meses viviendo con lo que me cupo en dos maletas de 24 kg, más el portátil, y lo único que eché de menos de verdad fue mi chaqueta de imitación de piel, que en el lluvioso Quito me habría sacado de algún que otro apuro.

Así pues he decidido hacer limpieza y tirar sin compasión muchos de esos objetos que acumulo y que para nada me sirven. Entonces abro el cajón y empiezo a encontrar fotos y más fotos de carnet, acompañadas por una foto un poco más grande. Tenía dos opciones: avergonzarme, horrorizarme, y tirarlas todas sin mirarlas, o ir abriendo carpetita a carpetita y entretenerme en colocarlas por orden cronológico. A pesar de que todo rastro de mi pasado puede ser utilizado en mi contra por mi madre, decidí no dejarme llevar por la reacción lógica (hacerlo desaparecer todo) y me decanté por la segunda opción.

En la primera foto debo tener 13 ó 14 años. Es decir, es una foto de hace 17 ó 18 años. Veo a una chica con un aspecto un poco ambiguo. Si llevase el pelo de otra forma, igual podría haber sido un chico rebelde que se estaba dejando crecer la melena. El flequillo muy largo, casi tapando los ojos. El pelo tapándome la cara, como si me quisiese esconder. La mirada ligeramente triste, y en la boca una leve sonrisa. El el cuello llevo un colgante de cristal, en forma de plátano, que compré durante el viaje de estudios de octavo, en Mallorca.

La segunda la recuerdo perfectamente. Tenía 15 años y mi madre me regaló una sesión de fotos para celebrar esa edad. Además, el mismo día me hice unas fotos de carnet. Mi madre se disgustó mucho con el resultado, porque la parte de arriba del vestido que elegí era de gasa blanca y se transparentaba un poco. En aquella época ya estaba experimentando problemas con el arreglo personal. Era muy torpe para decidir qué ropa comprar, no sabía lo que me quedaba bien y lo que me quedaba mal, lo que estaba de moda y lo que no. Mi madre tampoco tenía mucha idea, y mi hermana era demasiado pequeña para ayudarme. Una vez más, una sonrisa leve, la mirada triste, como cansada. En el cuello llevaba un colgante de cerámica que me trajo mi tía de galicia. Creo que parezco mayor de quince años… aunque en realidad todavía tenía 14. En el revés de la foto está la fecha, y es del 16-05-1995.

La siguiente, unos 16 – 17 años. Mis problemas para escoger la ropa son patentes en la camiseta que llevaba… No sonrío, tengo la boca cerrada, un poco forzada, porque me da vergüenza enseñar los dientes. Aparento 20 años. En el cuello llevo un colgante de oro con forma de lazo, que me regaló mi madre.

Creo que la siguiente es de mis 17 años. Me dejé el pelo largo (aunque hasta entonces nunca lo llevé corto del todo) y me lo ricé. La permanente era un coñazo, cada día me tenía que levantar temprano, lavarme el pelo, echarme espuma y secármelo… Yo no valía para eso, además no me terminaba de quedar bien. Había descubierto los jerseys lisos y de cuello vuelto, sencillos, que me sacaban del apuro respecto al tema del arreglo personal. No estaba espectacular, pero tampoco hacía el ridículo. Me veía bien y tenía 3 ó 4 iguales. No sonrío, pero tampoco se me ve serio. Pienso que tengo la mirada apagada. Empezaba a tener problemas de peso, ya pesaba más que ahora. Diría que aparento unos 20 años.

16 de enero de 2002. Tenía 22 años. esta fue mi primera foto de currículum, y salgo muy triste. No sé por qué. Llevo el cabello bastante largo, teñido de caoba, y un jersey marrón oscuro. ¿Por qué estaba tan triste? Esta foto tiene un cierto encanto que en aquel entonces no pude ver.

29 de abril de 2002. 22 años. Mi segunda foto de currículum. Ya había empezado a aprender a escoger mejor mi ropa, porque empecé a comprar la revista Cosmopólitan, que es un manual de como ser mujer. Cualquiera que la lea sabrá todo lo que tiene que saber para que le tomen por mujer sin ningún género de dudas. Sin embargo, para la ocasión elegí una camiseta muy escotada (ahora que me inyecto testosterona, pienso que las mujeres que se ponen escotes generosos son crueles, el efecto que producen es demasiado perturbador) y a mi madre le pareció que esa foto ya no se podía usar para nada serio. Debía pesar alrededor de 110kg. Una vez más sonrisa leve y mirada triste, aunque con un brillo diferente, una chispa de ilusión. El colgante que llevaba puesto era un fino corazón de plata que me había regalado mi novio de aquel entonces (el mismo con el que estuve hasta que salí del armario). Diría que aparentaba la edad que tenía.

21 de mayo de 2002. ¡Vaya racha de hacerme fotos! Probablemente se debía a que las iba necesitando y las iba perdiendo, o a que no me convencían demasiado los resultados anteriores. Esta es también una foto para el currículum. Por fín encontré un punto medio entre la foto demasiado oscura del jersey marrón y la demasiado «fresca» del escote generoso. Llevaba una camisa azul fruncida que fue uno de mis aciertos de armario, y el fotógrafo puso detrás un fondo invernal. Llevo el mismo colgante en forma de corazón. Tengo la misma sonrisa leve. El brillo en la mirada se ha perdido, una vez más hay un cierto cansancio en mis ojos.

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