Tempus Fugit
  • Facebook
  • Twitter
  • Evernote
  • Pinterest
  • Gmail
Hoy hace tres meses que estoy en el Ecuador. Desde que estoy aquí he aprendido muchas cosas, he pensado muchas cosas, he cambiado mucho, y no sólo por las hormonas. Entre las cosas que he aprendido, que «fregado» puede ser una mala palabra, igual que «tirar», que uno puede pasar varios días trabajando sin parar y manteniéndose sólo a base de galletas «festival», pero que eso no es vida. Que las cosas no son como son, sino como cada uno las ve. Que las culturas «latinas» se parecen entre si como un huevo a una castaña. He aprendido que el plátano verde se puede cocinar de múltiples formas y está rico (aunque quizá resulte un poco áspero para el paladar no entrenado).

Lo más importante que he aprendido en Ecuador que lo más importante en la vida es vivir, no evitar la muerte.

También he empezado a añorar la eficiente y bien organizada administración pública española, con sus trámites sencillos, transparentes y bien explicados. Imagináos como es la administración pública ecuatoriana…

Va a hacer seis meses que empecé a hormonarme. Ya muy poca gente me toma por una chica, diría que un 0,5% de la gente. Me está cambiando bastante la voz, tengo algo de barba, me está cambiando la forma del cuerpo, la cara, noto que tengo más energía… y lo mejor, no me ha salido acné. Estoy muy contento con eso.

Hace aproximadamente un año que entré en Conjuntos Difusos y conocí a unas personas que no sé cómo han terminado convirtiéndose en fundamentales para mí. Todo empezó de manera accidental: «¿cuando quedamos? – No sé, tengo la agenda muy llena ¿y si te vienes a una reunión que tengo esta tarde?». Yo no lo sabía, pero aquella tarde en el Botánico, tomando un nestea con un montón de desconocid*s que hablaban de cosas raras, mi vida estaba empezando a dar un giro de 180º. La vida tiene cosas muy extrañas.

Hace dos años que supe que ya no podía seguir fingiendo que era quién no era. Pronto este blog cumplirá dos años. Recuerdo que por las mañanas me levantaba con la sensación de que en realidad nadie sabía quien era, porque nada más poner un pie en el suelo me colocaba una enorme máscara y tenía que llevarla a lo largo de todo el día, hasta que me volvía a dormir. También recuerdo que era como si alguien me hubiese catapultado a un universo paralelo. Y como si estuviese a punto de tirarme a una piscina, pero sin mirar si había agua o no. Nunca me he atrevido a tirarme de cabeza desde un trampolín, y sin embargo, lo que hice fue peor… Yo que soy tan cobarde, que soy tan  tranquilo, que nunca hago nada arriesgado ni emocionante… Desde entonces tuve que aprender otras formas de vivir, y ahora he llegado al punto en el que hasta añoro tener un poco de rutina… un poquito nada más (pero sin pasarse).

En agosto cumpliré 31 años, y estoy convencido de que estoy en la mejor época de mi vida. Con todos mis errores, con todos los bandazos que voy dando de un sitio a otro,  sin sentar cabeza, sin hacer mucho caso de las recomendaciones del médico, sin oficio conocido… Y sin embargo, por primera vez, creo que estoy tomando las decisiones acertadas, hasta cuando me equivoco. Creo que soy lo suficientemente joven como para estar a tiempo de sacar provecho de mi mismo, y empiezo a ser suficientemente mayor como para evaluar las situaciones con madurez. Eso sí, me temo que sigo siendo tan ingenuo y confiado como cuando tenía ocho años, pero ya tengo asumido que eso no se me va a quitar.

Pin It on Pinterest

Share This