Este fin de semana estuve de viaje en Manta. Me invitó un compañero de la casa, al que le hacía mucha ilusión que visitase su ciudad. Sólo me pedía dos cosas a cambio: que me lo pasara muy bien, y que hiciese muchas fotos para enseñárselas a «mi amigo el de España» (ese amigo ya sabe quién es) y que le contase a todo el mundo lo bien que me lo había pasado.

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Mi amigo vive en una casa muy humilde, pero… ¿quien soy yo para criticar si mi padre vivía en una casa igual de humilde o más? Lo importante es que fue un anfitrión excepcional. No me dejó ayudarle en nada, y cocinó para todos. En el plato de arroz que me puso uno podía practicar senderismo y escalada, y en la sopa, podías hacer largos como si fuese una piscina olímpica. Le pedí ir a la playa y a la playa me llevó (los dos días que estuve allí), además de enseñarme sus lugares favoritos de Manta.

Yo tenía la sensación de que Manta debía ser un pueblo pequeño, por las cosas que contaba de allí, sin embargo cuando cogíamos el autobús, el tiempo pasaba y pasaba, y no llegábamos al destino. Se trata de una ciudad hecha y derecha, yo diría que más grande que Granada, aunque desconozco cuantos habitantes tiene. Dimos un paseo por Tarqui, donde hay un gran mercado callejero que me recordó muchísimo a los mercados de Londres. Tarqui es algo así como Candem Town, pero a la Ecuatoriana. Eso significa que en vez de dulces y porquerías, se vendían frutas de todas las clases, colores y sabores, algunas de las cuales no conocía ni mi anfitrión. También quesos, carnes, ropa, calzados, artesanías… ¡de todo! Mientras caminábamos, mi amigo se encontraba con conocidos a los que saludaba como se saluda la gente de los pueblos, con confianza y parándose a hablar unos minutos sobre lo que hacen y sobre la familia. Pero no estábamos en un pueblo. Empecé a entender por qué tenía la impresión de que Manta debía ser pequeño. No es que mis amigos exagerasen, sino que, al parecer los manteños todavía no se han enterado de que en las ciudades uno tiene que estar muy ocupado, tener mucha prisa por llegar a su casa, o a su trabajo, y pasar el menor tiempo posible en las calles, que son sólo un lugar de tránsito y no un lugar de encuentro.

En Manta la gente se sienta a tomar el sol en los paseos mientras bebe una cerveza y come algo de picar, como se hace en los pueblos. Es barato y agradable. ¿Por qué ir a gastarse el dinero a un bar, si la música ya se oye desde fuera? Eso en las ciudades es algo que no se puede hacer, pues la calle es peligrosa. ¿Es que aquí no se han enterado? Por supuesto, ellos saben que la calle es peligrosa y que en cualquier momento te pueden robar, pero no van a dejar que eso les estropee el día. Sólo hay que tener un poco de cuidado y ya está.

Otra cosa que me llamó la atención de Manta fue la gran cantidad de personas trans que había. Nos las tropezábamos por casualidad, sin querer, hombres y mujeres trans, trabajando, paseando, de fiesta… ¡La proporción era asombrosa! Se diría que ser trans en Manta es facilisimo, pues muchos de ellos tenían su trabajo en bares, en peluquerías, negocios propios, en fábricas… sin ningún problema.

Sin embargo a mi amigo en su barrio le trataban en femenino, al igual que hace su familia, e incluso entre ellos mismos a veces no saben si hablarse en masculino o en femenino. La transexualidad, a nivel individual, les sorprende tanto como en cualquier otro lugar, les deja descolocados y sin saber qué hacer. No hay un protocolo establecido, ni se acepta con naturalidad. De hecho, existen clínicas de «cambio» (no de curación, porque a nadie se le pasa por la cabeza que sea una enfermedad) en las que las familias ingresan por la fuerza especialmente a las chicas lesbianas y a los hombres trans, pero también a los gays y a las ch

icas trans, para que les cambien y se comporten como es debido. Algunas de estas clínicas emplean métodos brrutales, como embadurnar a los pacientes con miel, atarlos a un árbol y dejar que las hormigas les muerdan, golpearles, violarles, etc… Conozco personas que cuentan que sus amigos o parientes les han dado palizas por ser como eran, y para que dejaran de serlo. Hermanos que dicen que se avergüenzan de ellos.

No, no lo tienen muy fácil. Manabí no es el paraiso de las personas trans. No sé si ese paraiso existe en algún lugar, pero si existe, no está aquí. Sin embargo, debe existir una consciencia social, una tradición, un algo que haga que el tejido social, a nivel «macro», de soporte para que tantas personas trans se atrevan a manifestarse como son a pesar de las adversidades, en una proporción impensable según los «expertos» europeos y estadounidenses que, obviamente, nunca han salido a dar un paseo por Manta. Ojalá fuese yo sociólogo y tuviese herramientas que me ayudasen a comprender todo eso, que, desde que he estado allí me tiene medio perturbado. U ojalá los sociólogos y estudiosos eruditos y académicos se animasen a alejarse un poco de sus despachos, sus universidades, sus sesudas teorías y se animasen a acercarse por aquí a vivir de verdad aunque sólo fuesen quince días. Claro que a lo mejor se asustaban porque tenían que revisar todo lo que habían escrito hasta ese día, o tirarlo directamente a la basura y pedir disculpas por todas las tonterías dichas hasta el momento.

A parte de eso, vi pájaros que no había visto nunca, me bañé en el Pacífico (otra de las cosas que pensé que nunca haría en mi vida), recogí caracolas, comí pescados que unas horas antes estaban en la mar, comí verde y maduro, comí una hamburguesa especial por un dólar, hice muchas fotos, me subí a las piernas de un pirata de cartón piedra, fui víctima de las bromas de un vendedor de caramelos (pero me lo pasé muy bien), me invitaron a una parrillada en casa de otro amigo cuya familia es originaria de líbano, comí carne y ensalada hasta reventar, jugué con los primos de mi anfitrión, entré a un puticlub (ahí me engañaron) que era el local más concurrido del barrio y eso que era lunes por la mañana, casi fui testigo de la detención de unos ladrones, di consejo sentimental (como si estuviese capacitado para hacer algo así), cogí un gallo de pelea que había trepado a un arbolito bajo… Si me pongo a contar, no acabo…

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