Hoy era el día en que me iba a mudar. Por la mañana ya tenía hechas las maletas, porque había hablado con el dueño de la otra casa que iría a las 10 de la mañana. Sin embargo a las 10 de la mañana no estaba todavía listo todo, así que tuve que esperar a las seis de la tarde. A esa hora llamé por teléfono, y sí, ya estaba todo.

Bajé las maletas a la puerta, comprobé que llevaba el dinero en el bolsillo. Me fui a despedir de los compañeros. Estuve a punto de no hacerlo porque los veía ocupados resolviendo algún tipo de problema, y además, iba a volver al cabo de un rato, porque tenía cosas que hacer en la casa.

De un instante a otro todo cambio. Me dijeron «espera un segundo y te ayudamos a llevar las cosas», y un segundo después, sin saber como, me estaban pidiendo que me quedase de una manera en la que nunca nadie me había pedido nada (probablemente porque nunca he estado antes ni en Ecuador, ni en el PT). ¡Y yo preocupándome de que no quisieran saber nada de mí en cuanto me fuera!

Cuando tomo una decisión, rara vez cambio de idea. Sin embargo en esta ocasión, no podía hacer otra cosa. Es decir, sí que podía, pero de repente ya no quería. A pesar de que la convivencia en la Casa Trans no es sencilla, me han entrado ganas de probar la multiculturalidad durante un poco más de tiempo.

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