La semana pasada tuve que dejar mis datos legales para un tema de papeleos. Dos día más tarde, un funcionario me llamó por teléfono.

– ¿La señora Elena V.?

– Si, soy yo. – Al otro lado del teléfono se hizo un silencio de dos segundos. Es un silencio que ya conozco, y que significa «esta voz no me cuadra», aunque hasta el momento siempre que lo había oido era porque alguien me llamaba preguntando por Pablo.

– ¿La señora Elena V.? – Volvió a preguntar mi interlocutor, queriendo cerciorarse de que había ido a dar con la persona adecuada.

– Soy yo – Respondí con convicción. He aprendido que hablar con convicción hace que la gente se crea casi cualquier cosa.

– Perdón ¿puedo hablar con la señora?  – Insistió la otra persona. Tal vez pensó que yo era un marido celoso que no quería que su esposa se pusiese a hablar con cualquier hombre que le llamase.

– La señora soy yo. – Redoblé la convicción, aunque a esas alturas estaba a punto de decirle: un momento, que ahora se pone, dejar pasar unos momentos y volver a responder con voz aflautada…

Por fin conseguí convencer al funcionario de que hablaba con la persona adecuada, y me dijo lo que tenía que hacer para continuar con el trámite que había iniciado (por cierto, cualquier pequeño trámite aquí requiere de mucho tiempo, paciencia, y diversos pasos. Los que piensen que la «burrocracia» española es complicada e ineficiente, que se vengan a Ecuador, que se van a enterar de lo que es bueno).

Una hora más tarde, me presentaba en la oficina, pero como había olvidado el nombre del funcionario que me asignaron, tuve que preguntar a la secretaria.

– ¿Me puede decir el nombre del solicitante?

Di mi nombre legal y la chica se puso a buscar.

– ¿Fue ella la que inició el trámite?

– Sí, fue ella. – Esto de hablar de uno mismo como si fuese otra es raro. Es casi como tener una experiencia extracorporal.

El funcionario que me tenía que atender, se puso un poco nervioso, porque el trámite que estaba haciendo requería que le explicase la cuestión de mi identidad de género. Sin embargo me trató muy bien, lo mejor que supo el pobrecillo, que es mañana no se imaginab lo que le iba a deparar el día. Tengo que añadir que, además, en Ecuador hay leyes que obligan a los funcionarios a tratar a las personas trans según el género deseado (cosa que en España no existe), y además ese funcionario en concreto era plenamente consciente de ello, así que más le valía tratarme bien…

Después fui a correos, a recoger un paquete que mi madre me había enviado. Para recogerlo un paquete internacional, primero vas a la ventanilla, con tu identificación y dos copias de la identificación, y luego te llaman de la aduana, donde abren el paquete y, si es necesario, pagas los impuestos aduaneros que sea menester.

Con el tipo de la ventanilla no hubo problema, básicamente porque ni me miró. Los funcionarios de ventanilla son las personas más desencantadas y aburridas del mundo, pues por un sueldo muy bajo tienen que estar todo el día aguantando rebuznos de la gente que no entiende que ellos no son quienes hacen las normas de funcionamiento de las cosas (por cierto, la oposición que yo hacía era para funcionarío de los de ventanilla). El problema fue después, cuando me tocó el turno de ir a abrir el paquete.

– ¿Elena V? – me preguntó el hombre, mirandome a mí y luego al papel donde ponían mis datos y los del paquete.

– Sí, soy yo.

El hombre, un poco sorprendido me pide el pasaporte y lo confirma: foto adecuada, nombre adecuado. Más sorprendido todavía me pregunta:

– ¿¿¿Usted se llama Elena???

Así que me tocó explicar por segunda vez el caso, y de nuevo conseguí poner nervioso a otro funcionario. A lo mejor debería ponerme un cartel en la frente que pusiera «no apto para ancianos, embarazadas y enfermos del corazón». También tengo que señalar que aquí en Ecuador los nombres no tienen sexo, y un hombre podría llamarse perfectamente «Elena», de la misma forma que hay un señor que se llama Clítoris Fernandez.

La suerte es que a mí no me da vergüenza decir que soy trans, y además hasta el momento no me he encontrado con nadie que se lo haya tomado a mal… Pero llevo 4 meses de hormonación y ya es tiempo suficiente como para que mostrar mi documentación se convierta en algo embarazoso. Según la ley española, tendré que esperar a los dos años para poder cambiar de nombre y sexo legal… Demasiado tiempo. Más allá de otras consideraciones sobre la necesidad de obtener un diagnóstico psicológico o psiquiátrico, y lo injusto que es que te obliguen a modificar tu cuerpo para modificar el sexo legal… Tener que esperar dos años es demasiado. Uno se queda demasiado expuesto, durante demasiado tiempo. ¿Quién narices redactó esta ley?

Dejo un archivo con dos grabaciones de mi voz, una de poco después de empezar a hormonarme, y otra de hoy mismo. Yo no soy muy objetivo conmigo mismo, así que no se si suena a voz de hombre, de mujer, de adolescente al que le está cambiando la voz… pero me conformo con ir apreciando el cambio.

Mi voz.

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