Es difícil recordar y separar unos días de otros, unos momentos de otros. Cuando trato de recordar lo que hice ayer, tan sólo me vienen a la mente las cosas de hoy, y antes de ayer es un abismo insondable de tiempo. Los días están repletos de horas que se arrastran lentamente, llenas de imágenes, emociones, colores, personas, pensamientos… ¿Cómo da tiempo de hacer tanto en un solo día?

Ayer me atreví a dar mi primer paseo en solitario por Quito. Armado con un plano callejero de la ciudad, me encaminé hacia el consulado español para registrarme aquí como extranjero no residente.

Una de las primeras cosas que descubrí es que cruzar la calle en Quito es un deporte de riesgo. Hay quien hace alpinismo, y hay quien bucea, y hay quien cruza la calle en Quito. Cada uno se juega la vida como más le gusta.

Otra de las cosas que descubrí pronto fue que el sistema de transporte público es perturbadoramente opaco. Hay una infinidad de autobuses, troley (que es otro autobús distinto, que circula por un carril propio) y metro (que todavía no sé en qué se diferencia del troley, excepto en que hace un recorrido diferente). El troley y el metro más o menos se sabe como funcionan, porque mi mapa callejero señala los recorridos que hacen, aunque parece ser que hay varias líneas, pero de momento no he descubierto en qué se diferencian unas líneas de otras. Los autobuses, no tengo ni puñetera idea de cómo van. Los planos de autobuses son un invento que todavía no ha llegado a Quito, y las paradas de autobús se alzan en la acera, de color gris acero, misteriosas como puertas que no sabes donde te llevarán si te atreves a cruzarlas. Eso sí, el transporte público es muy barato, a 25 céntimos de dólar. Y cuando los autobuses se detienen en la parada, se baja un señor que empieza a decir a quienes están esperando en la parada: “¡¡Suban, suban, autobús a nosedonde!!”

Intimidado por las serias dificultades que puede suponer coger un autobús equivocado y luego no ser capaz de regresar al lugar de origen, decidí ir andando hasta el consulado, y llegué, a pesar de que la combinación de cuestas arriba y altitud (recordemos que Quito está a 2.830m de altura) no me lo puso nada fácil. Cuando llegué descubrí que no era el consulado, sino la embajada, pero un guardia muy amable me indicó la dirección del consulado, que me pillaba de camino para volver. A la vuelta sí que me perdí un poco, pero como las calles de Quito son bastante rectas, y paralelas o perpendiculares entre si, la pérdida no fue demasiada. Conseguí llegar al consulado, e incluso luego regresé a la casa.

En el Consulado me atendieron varias personas, desde que entré por la puerta, hasta que llegué a la primera ventanilla, todos ellos ecuatorianos, todos ellos con cara de estar chupando limones, y carácter más o menos acorde al sabor de la fruta en cuestión. Cuando por fin llegué a la ventanilla, la funcionaria me preguntó desabridamente:

–    ¿Y a usted por qué le han puesto este sello en el pasaporte? – señalando al sello que me pusieron al entrar al país.
–    Pues no le sé decir, la verdad – respondí yo, encogiéndome de hombros con mi mejor cara de pardillo. Estuve a punto de decirle “pensé que era el procedimiento normal para demostrar la fecha de entrada al país, por si acaso se me pasa la fecha del visado de turista” ó “si no sabe usted por qué me pusieron el sello…”, pero me mordí la lengua.
Tras examinar mi pasaporte un par de veces y detenerse en el nombre con cara de “que tía más machorra, si parece un tío”, me endiñó dos formularios y me dijo que los rellenara, trajese tres fotos, y pidiese turno para la ventanilla al guardia de fuera. Eso me enseñó otra cosa más: aquí en Ecuador hay que hacer formularios para todo. Estos dos son el cuarto y quinto formularios que tengo que rellenar desde que estoy aquí, y no llevo ni una semana… Además, en casi todos los casos, te los dan de dos en dos. Claro que si el sistema de autobuses es un caos, la organización de la burocracia no quiero ni imaginarla. De cualquier modo, no llevaba las fotos, así que me tuve que volver a casa con el recado sin terminar.

La tarde la pasé tranquilo, disfrutando de que por fin se me empieza a pasar el desfase de sueño. Llovió a cántaros, como si el mundo se fuese a inundar de un momento a otro, pero desde que estoy aquí, todos los días llueve así en un momento u otro, así que no me asusté.

Por la noche vinieron Ana y Eli, y estuvimos charlando y cenando. El sector “extranjero” de la casa habíamos pensado en ir hoy al casco antiguo, a hacer turismo, y Eli y Ana coincidieron en que era una muy buena idea. Les pareció tan buena idea que pensamos que sería bonito ir al casco histórico esa misma noche, aunque todavía llovía un poco y hacía frío.

Dicho y hecho, todos los de la casa, menos uno que está enfermo, nos apuntamos. Contando con Eli y Ana, en total éramos siete, así que no cabíamos en el coche. La solución era coger la furgoneta, que aparentemente no tiene limitación de espacio.

La furgoneta en cuestión es una reliquia venerable, de incontables años, que tiene la parte de atrás descubierta, es decir, es una ranchera. En la parte delantera caben dos personas delgadas y el conductor. Es decir, por fuerza teníamos que ir cuatro atrás, y yo casi obligatoriamente tenía que ser uno de los que fuesen atrás, porque si me subo delante, entonces sólo cabemos el conductor y yo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que este país me está haciendo algo raro. Yo, que conduzco con prudencia, que no me salto los semáforos, que cuando me subo al coche me pongo el cinturón de seguridad… estaba en la parte de atrás de una venerable furgoneta ranchera destartalada, más concretamente sentado sobre el borde de la misma, bajo la lluvia, subiendo y bajando cuestas bastante empinadas, en constante riesgo de caerme, o de que el conductor diese un frenazo y yo saliese despedido, o que otro coche chocase por detrás, o… lo que sea.

Lo peor del caso es que me pareció muy divertido, y lo hice sin remordimiento alguno. Como dice un amigo mío ¿en qué momento se nos olvidó vivir a los europeos? Me viene ahora a la mente el slogan de Renault “que bueno es vivir mucho”, en el que se muestra que lo bueno de la vida llega cuando eres viejo. Pero… pero… a mí no me gusta tomar riesgos innecesarios, y sin embargo en estos pocos días, en los que estoy arriesgándome bastante, es como si me acabase de despertar de un sueño y estuviese empezando a vivir de verdad. Es decir… la seguridad está bien, pero quizá sea necesario acercarse un poco a la muerte para disfrutar la vida.

Pin It on Pinterest

Share This