El jueves pasado leí en el periódico «Alba Digital» el artículo «Transexualidad, la mueva batalla de la izquierda», que también apareció, más ámpliamente descrito, en la edición en papel.

Inicialmente había enlazado directamente ese artículo, pero un amigo me ha dicho que la foto que han usado para ilustrarlo está cogida sin permiso, y algunos de los hombres trans que aparecen en ella está muy preocupados, pues mucha gente de su entorno desconoce que son trans, y temen que la difusión de esa foto les pueda afectar. Por ello quito el enlace y paso a copiar aquí mismo el artículo aparecido en el diario.

Con una población de cuarenta y cinco millones, España tiene una cifra de entre tres mil y ocho mil transexuales, según las asociaciones promotoras de su causa. Las mismas asociaciones afirman que nueve de cada diez transexuales están en paro, al tiempo que, según relata Carla Antonelli, coordinadora del Área Transexual del PSOE (sic), el 85% de las transexuales “ejerce la prostitución porque no tiene otra salida”.

Como fuere, el activismo en materia de transexualidad parece interesar menos que nadie a los propios transexuales: tras la aprobación en marzo de 2007 de la Ley reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, por la cual, tras un somero dictamen psicológico, cada persona puede modificar su sexo y su nombre en el Registro Civil y el DNI sin esperar a tratamientos hormonales o a la cirugía de “reasignación de sexo”, sólo unas pocas decenas de personas -unas cuarenta en 2009- han optado por dicha modificación. A pesar de lo cual, PSOE, IU, ERC y NaBai hablan de hacer extensiva la medida a los menores, ya que “la edad más difícil para todos es la pubertad”.

Éste es sólo uno de los pasos legislativos que están previstos para una batalla, la de la transexualidad, que está siendo la más rápida de las batallas ‘liberacionistas’, partiendo de la base de que “las personas transexuales nacen en sociedades equivocadas, no en cuerpos equivocados”, de que “es necesario transmitir un discurso contra las imposiciones morales, no sólo en torno a la orientación sexual sino también hacia la identidad de género” o de que “la identidad de género y la identidad sexual deben ser artificios libres de ataduras”.

Machos y coquetas

La estrategia política de la izquierda, bien arropada por una campaña mediática, busca ahora avanzar en tres frentes: la definitiva normalización de la transexualidad entre los adolescentes y preadolescentes, la discriminación positiva de los transexuales en materia laboral y mediante la educación sexual de los menores, y la cobertura sanitaria a cargo del Estado de todas sus demandas de asistencia, tanto en tratamiento psicológico como hormonal o quirúrgico.

De hecho, puede pensarse que la transexualidad es algo que ahora sólo está generando críticas entre algunos sectores del feminismo, que encuentran que los transexuales cambian de sexo para “perpetuar roles de género estereotipados” de hombres muy machos y mujeres muy coquetas.

En el ámbito legislativo, han sido varias las comunidades que han incluido -de forma parcial o en su totalidad- el tratamiento clínico de reasignación de sexo desde 2005, sumándose a la senda iniciada por Andalucía en 1999: Aragón (2005), Cataluña (2005), Asturias (2007) y Madrid (2007), pese a que en este tratamiento, según recoge un documento de IU, “existe un elevado grado de incertidumbre por los riesgos y contraindicaciones que conllevan este tipo de intervenciones, así como por las dudas previas sobre la funcionalidad o no del nuevo órgano génito-urinario y, en especial, sobre la sensibilidad erótica del mismo”.

Un informe de evaluación para pacientes operados ofrece un test con preguntas de gran pintoresquismo sobre el “proceso transexualizador”: “¿Tengo problemas para orinar? ¿Cuándo puedo nadar? ¿Cuándo puedo ir en bici? ¿Cuándo puedo montar a caballo? ¿Cuándo puedo empezar a hacer aquaerobic?”.

Además de las cinco Unidades de Trastorno de Identidad de Género que hay en diversos hospitales españoles, Navarra ha sido la primera comunidad en dotarse de una ley propia sobre reconocimiento de transexuales, impulsada por NaBai. Andalucía y otras comunidades siguen por este camino, para el cual también hay movimientos a cargo de los grupos de la izquierda parlamentaria en el Congreso de los Diputados.

Financiación pública

Entre las reclamaciones que buscan atenderse, destacan la “penalización de la transfobia y su tipificación como delito”, “la regulación específica de derechos laborales de las personas trabajadoras sexuales” (prostitución), “el tratamiento sanitario integral de la transexualidad dentro del Sistema Nacional de Salud”, “las medidas para estimular la contratación de personas transexuales”, “medidas de discriminación positiva”, “medidas de sensibilización social y educativa sobre transexualidad”, “financiación pública de las asociaciones” pro transexuales y “formación del personal de las administraciones públicas” para generar sensibilidad hacia los transexuales. Son, entre otras, las promesas realizadas por el Partido Socialista de Madrid al colectivo transexual, en una recentísima reunión.

Se trata de “socializar una actitud favorable a la diversidad de vivencias en torno a la identidad de género”. Las medidas médicas prevén cuestiones como “logopedia para modular la voz de mujeres transexuales, dermatología para la depilación del vello facial y/o corporal en mujeres transexuales”, “mamoplastia”, “extirpación de útero y ovarios” y “faloplastia, mediante el implante de un pene con tejidos extraídos del antebrazo”.

Es, sin embargo, en el ámbito de los menores donde se centra con más énfasis la batalla. Uno de cada diez pacientes atendidos en las Unidades de Trastorno de Identidad de Género ya es menor de edad. Y lo que viene es peor: las clínicas especializadas en el tratamiento de estos desórdenes dan cuenta de una “explosión”, según Hanna Rosin, ante todo en lo referente a preadolescentes y adolescentes.

Un ‘tsunami’ de menores

Así, la mundialmente famosa clínica del Dr. Zucker, en Toronto, “ha visto cómo su lista de espera se cuadruplicaba en los últimos cuatro años, hasta ser de ochenta niños”. Por su parte, la doctora Peggy Cohen-Kettenis, a cuyo cargo está la otra clínica más famosa del mundo en tratamientos de género, situada en Holanda, ha visto cómo descendía la media de edad de sus pacientes desde el año 2002, de los 14-16 años a los 12-13. En este mismo sentido, Catherine Tuerk, que lleva una red de apoyo a padres con niños con trastorno de identidad sexual, indica que, si antes la mayor parte de las llamadas tenían que ver con la posible homosexualidad en niños, ahora mismo “el noventa por ciento de las llamadas” tienen que ver con la posible transexualidad del preadolescente.

Tras pensármelo bastante, he decidido escribirles una carta, aunque dudo mucho que la lea alguien, y mucho menos que ese alguien sea el responsable de la publicación del artículo en cuestión.

La carta dice así:

Estimado señor o señora:

Me dirijo a usted en referencia al artículo publicado en las ediciones digital y en papel de su periódico, del día 19 de marzo de 20010, titulado «Transexualidad, la nueva batalla de la izquierda».

Mi nombre es Pablo, tengo 30 años y soy diplomado en turismo, aunque actualmente no ejerzo en el sector. Además de todo esto, soy transexual masculino… lo que ustedes conocen erróneamente como «mujer operada», y digo erróneamente porque ni soy mujer, ni me he operado de nada. Bueno, sí, me sometí a cirugía bariatrica para bajar de peso puesto que padecía obesidad mórbida, y también me sacaron una muela de juicio en un quirófano, pues estaba colocada en una posición muy complicada y fue necesaria la intervención de un cirujano maxilofacial, pero sospecho que la persona que se refirió a los hombres transexuales como «mujeres operadas» estaba pensando más bien en faloplastias.

En primer lugar, quisiera advertirles de que dicho artículo está plagado de datos erroneos. Por ejemplo, Ley reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, tiene como condición para realizar dicha rectificación registral someterse a algún tipo de modificación corporal durante dos años, ya sea hormonación, o cirugía. Por otra parte, un dictamen psicológico nunca puede ser «somero» (dicho palabra significa «ligero, superficial, echo por encima»), sino que, en todo caso, lo será el proceso de diagnóstico. En mi caso, este proceso duró tan sólo un año, aunque hay personas que tardan dos años, e incluso siete, e incluyó un gran número de entrevistas en profundidad, tanto a mi como a personas de mi familia. Tal vez sea posible que el señor Ignacio Peyró desconozca el significado de la palabra somero.

En realidad podría analizar el artículo publicado en la edición digital, párrafo por párrafo e ir indicándoles dónde y como se han incluido otros datos erróneos o se ha manipulado la información presentándola de manera parcial, pero pienso que, aunque contraten redactores con problemas de conocimiento semántico, son ustedes un periódico que trabaja de manera sistemática y profesional, y sabe muy bien lo que se hace. Por tanto, no cabe atribuir a la ignorancia semejante artículo, sino que sólo cabe asumir que ha sido redactado de tal forma de manera deliberada, buscando intencionadamente el insulto y el ataque a la comunidad trans en general.

Después de leerlo, me quedé pensando qué les habré hecho yo para que me insulten de esa manera, o qué les habremos hecho las personas transexuales en general. Lo comenté con un amigo y este no supo tampoco qué decir, aunque sugirió que lo mejor sería preguntárselo directamente a ustedes. De modo que les traslado la pregunta que me hacía a mí mismo: ¿Qué les he hecho yo para que me falten al respeto de esa forma? ¿De dónde viene ese odio que transpira su artículo hacia las personas trans en general? ¿Qué hemos hecho que sea tan terrible?

Yo también preferiría que los fondos públicos destinados a las organizaciónes GLTB se destinasen a otras cosas, como programas para la prevención de la violencia doméstica. Eso significaría que nosotros ya no los necesitamos. ¡Ojalá todos los y las activistas GLTB pudiésemos tomarnos un respiro y dedicarnos a coleccionar sellos! Sin embargo, mientrastengamos problemas a la hora de hacer efectivos derechos básicos como el acceso a la atención sanitaria, a la dignidad (un ejemplo al ataque contra mi dignidad es el pie de página de su periódico), a la protección de la intimidad, al libre desarrollo de la personalidad, etc… será necesario invertir fondos públicos. O, dicho de otra forma, si ustedes nos dejasen vivir nuestra vida tranquilamente de la misma manera que nosotros les dejamos a ustedes vivir la suya, no sería necesario invertir fondos públicos para financiar las asociaciones LGTB. Tampoco sería necesario que yo hubiese invertido una hora entera redactándoles este correo, por lo que ustedes no tendrían necesidad de leer (aunque reconozco que no estoy del todo seguro de que lo vayan a leer), y tanto la persona encargada de leerlo como yo, dispondríamos tiempo para dedicarlo a otros menesteres.

Respecto a la inversión en terapias sanitarias, también desearía que no fuese necesaria, y que yo pudiese declarar que soy un hombre, y tener reconocimiento social, legal, e incluso reconocerme a mi mismo como hombre, sin necesidad de realizar ninguna modificación corporal. A nadie le gusta ir al médico o meterse en un quirófano, pero a veces no queda más remedio. Uno de los motivos que obligan a las personas trans a realizar esos cambios corporales es precisamente la idea de que nosotros no somos hombres, sino mujeres que parecen hombre, y biceversa para las mujeres transexuales. La idea de que para ser un hombre hay que tener cuerpo de hombre, y para ser mujer, hay que tener cuerpo de mujer, es la que nos obliga a acudir al médico, y la causa de que sea necesario invertir dinero en nuestros tratamientos médicos. Si a ustedes les interesa el ahorro en la sanidad pública, empiecen a transmitir la idea de que lo importante está en el interior, y de que el hombre o la mujer no nacen, sino que se hacen, independientemente de la forma del cuerpo de cada cual.

También deben darse cuenta de lo peligrosa que es la idea de que un hombre transexual es «una mujer operada». La idea de que siempre seremos mujeres, hagamos lo que hagamos, porque eso es una cosa «de nacimiento» lleva al suicidio a cientos de personas transexuales cada año, en todo el mundo. Estas personas no soportan pensar que, hagan lo que hagan, nunca podrán ser hombres o mujeres reales, sino tan solo un remedo, una imitación, y desesperados, incapaces de ver una salida, no comprenden otra opción que no sea quitarse la vida para abandonar una existencia ingrata. En palabras de Pepi, una mujer transexual que se suicidó en el año 1992 «es como un cáncer que me devora por dentro». Probablemente no habían pensado en esto, pero es posible que artículos como el suyo hayan supuesto un pequeño empujoncito más para alguna persona transexual y desesperada que quizá ahora tenga más claro que suicidarse es una buena idea. ¿Podrán dormir sabiendo esto? Seguramente sí, porque no van a creer en mis palabras. O quizá porque piensen que la gente como yo es lo que merece, sufrimiento y muerte, no ayuda y comprensión. Si yo fuese el Sr. Peyró, el editor de este periódico, o incluso el director del mismo, no podría dormir después de haber publicado un artículo como ese.

Tal vez en realidad no nos odian tanto y sólo publican artículos así para vender más periódicos. No sé si funcionará la estrategia, pero a mí me parece que ganar dinero a costa de lo que sea, es deleznable, repugnante. Replantéenselo, hay muchas formas de hacer negocio sin dañar a nadie.

Si han sido capaces de leer hasta aquí, les agradezco mucho su atención.

Les saluda atentamente, Pablo Vergara.

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