Ayer tenía mi primera cita para hacerme pruebas médicas. Creo que ya comenté que tengo que hacerme 4: análisis de sangre, ecografía abdomino-pélvica, densiometría osea y una prueba de genética.

Lo que me tocó ayer fue la ecografía, que no pude hacer coincidir de ninguna manera con ninguna consulta de la psicóloga, y que tenía como requisitos ir en ayunas y con la vegiga llena. Como para hacerme los análisis tenía que ir también en ayunas, y con la orina de las últimas 24 horas en un bote, y, además, es en el hospital de enfrente, decidí aprovechar para hacer las dos cosas a la vez. Total, la cosa era de pasar hambre y contener y expulsar fluidos.

Que, por cierto, menudo coñazo lo de tener que pasarme todo el día meando en un bote… y guardando el bote en la nevera. Menos mal que al menos vivo solo y no tengo que dar explicaciones a nadie en plan: «no… lo que había en ese tarro no era caldo…».

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Pues a eso de las 6:30 de la mañana, con sueño y hambre, y sin poder tomarme ni un triste café (no soy aficionado al café, pero a veces se agradece), fui a buscar el coche que estaba donde Cristo perdió el mechero, no, un poco más lejos. Y la cuesta para llegar hasta él era tan pronunciada que a medio camino hay unos sherpas que ofrecen sus servicios como guías.

Pues estaba a la altura del kiosko de los sherpas cuando me di cuenta de que me había olvidado las llaves del coche. Así que, mi hambre, mi sueño y yo, nos dimos media vuelta y recorrimos de nuevo el camino, aunque esta vez hacia abajo, que siempre es más fávorable.

Treinta y cinco minutos de relog (soy un poco exagerado, pero en esto en concreto, soy fiel a la verdad) estaba de vuelta, sin aliento, y con las llaves. Y sin desayunar, ni beber un triste café. Ahora solo quedaba conducir hasta Málaga.

Cuando llego a la consulta de ecografía, al sueño y el hambre ya se le estaba uniendo una urgente necesidad de orinar, cosa que era necesaria para poder hacerme la ecografía. La cara que se me quedó cuando vi que frente a las consultas no había ni una miserable silla para esperar, fue para hacerme una fotografía.

De todos modos, al cabo de unos minutos llegó una enfermera que nos recogió la hoja con la cita a un señor que también estaba esperando para lo mismo y a mi, y nos dijo que podíamos ir a la sala de espera de radiología, que ya nos llamarían por megafonía.

En efecto, así fue. Algo más tarde (unos minutos parecidos a horas, teniendo en cuenta que me estaba meando mucho, y tenía hambre y sueño, aunque en aquel momento eso ya no me importaba demasiado), la megafonía dice «Fulanita de Copas, pase a ecografía». O sea, yo.

Vamos a ver, si tienes una hoja en la que pone un nombre femenino tachado y corregido (la enfermera dedicó a ese trabajo un buen rato) y la especificación «disforia de género de mujer a hombre»… ¿Es que no es evidente que el nombre que se debía utilizar no era el que estaba tachado, si no el otro? Pues parece que no. Así que, mientras iba hacia la consulta, recordaba el comentario de Dicybug recordándome que la gente hace lo mejor que puede, y que trata a la gente según lo que ve, por no molestar ni ofender, y que no lo hacen mala intención.

Paciencia… Un día alguien tendrá la idea de organizar seminarios sobre como tratar a los pacientes transexuales, pero ese día aun no ha llegado.

Entro a la consulta y me tumbo, y descubro que tumbado todavía tengo ganas más ganas de orinar. Vamos que no me aguantaba. Así que, a sugerencia de la enfermera, me senté en la camilla mientras llegaba la doctora. Y cuando llega la doctora, ni me dice buenos días, ni nada. Va y me dice:

– ¡Tumbada!

Mi hermana, cuando quiere lograr ese mismo efecto en su perra, le dice «¡Plas!». La palabra es distinta, pero el tono, idéntico. Y, por supuesto, obedecí mansamente, porque con las ganas de mear que tenía, como para ponerme a discutir respecto al saludo, tono y género con que, en mi opinión, un facultativo debería dirigirse a un paciente.

El tiempo que pasó después, me olvidé de que tenía sueño, hambre y me estaba meando. La médico se dedicó a masajearme el hígado con entusiasmo y energía para conseguir una buena imagen (recordemos que todo esto era para hacerme una ecografía) y eso… duele. De todas formas, a medida que la prueba iba avanzando, se volvió más simpática. Creo que lo que la ablandó fue el sorprendente emplazamiento de mi estómago e intestino, que, tras haberme sometido a una reducción de estómago con bypass intestinal, está un tanto fuera de sitio respecto a su forma y posición original. A los médicos, estas cosas que no se ven todos los días, les gustan.

Una vez terminado el masaje de hígado, y de otros órganos internos, incluida la vejiga, por fin pude ir al servicio. Ya sólo tenía que preocuparme del sueño y el hambre.

Para hacerme el análisis de sangre tuve que ir a otro hospital, pero está muy cerca, basta con cruzar la calle. Como ya me habían dicho que para las extracciones de sangre siempre hay una cantidad de gente que da miedo, al comprobar que íbamos por el número 120 y yo tenía el 149, sólo me asusté un poco. Pero iba preparado, saqué una novela y, a despecho de los golpecitos que un crío que había sentado destrás de mí daba en respaldo de mi asiento, estuve leyendo tranquilamente hasta que me tocó el turno.

Podría haberme llevado los apuntes, pero, la verdad, en las condiciones que estaba, no creo que me hubiese enterado de nada. Mejor una novela.

Cuando entré en la sala de extracciones comprobé que hay gente que sabe que cuando una palabra se tacha y se corrige, se debe leer la palabra corregida, y no la tachada. La enfermera que me sacó sangre utilizó el nombre correcto, y etiquetó las muestras también con ese nombre. También me trató en femenino, pero me dió igual, ya que era evidente que estaba siendo todo lo amable y correcta que sabía. Que por cierto, fue amabilísima, correctísima y delicadísima. Debería darle clases a las de ecografía.

Pero en lugar de clases, lo que me dió fueron dos botecitos de sangre para que los llevara a la consulta de endocrinología. Que está en el hospital en el que me hice la ecografía. Y yo que soñaba con ir derecho a la cafetería a desayunar…

Por cierto, que el hospital Civil de Málaga, que es donde está el servicio de Endocrinología de la UTIG, es enorme y está lleno de patios y pasillos. Para encontrar el sitio donde quiero ir, es dificil, pero para encontrar la salida, lo es casi más. Juro que la próxima vez que vaya me llevo una brújula.

Sin embargo, debe ser cierto que el hambre agudiza el ingenio, pues una vez entregada la sangre, encontré el camino hacia la cafetería del tirón, como si algo me fuese guiando… Y por fin pude tomarme el ansiado café y una buena tostada, a eso de las 11 de la mañana.

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Llevaba 6 horas de pie y en ayunas, así que el café no me hizo mucho, y la tostada me supo a poco. Pero luego me desquité cuando, al echar gasolina, descubrí que vendían los ositos de gominola de la marca que me gusta, y que no se encuentra en todas partes.

Finalmente el sueño me lo sacudí con una siestecilla, aunque el resto de la tarde me lo pasé agilipollado perdido.

Es que a mi me cambias las horas de sueño y…

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