Se supone que hoy es el día de mi santo. O de mi santa.

El día del santo, la onomástica, se celebra en honor de la persona en honor de la que, en teoría, llevas el nombre. En mi caso, Santa Elena fue la madre del emperador Constantino, que instauró el cristianismo en todo el imperio romano. Además de parir a tan insigne varón, esta señora se dedicó a realizar excavaciones en Tierra Santa, y se dice que encontró la Vera Cruz. La verdad, debió hacer un gran trabajo, pues hoy en día se considera que existen suficientes fragmentos de la Vera Cruz diseminados en el mundo como para construir varias cruces.

Antes de seguir escribiendo, tengo que decir que yo no soy católico. Aún no he apostatado, pero todo se andará. De hecho, desde el mismo día en que la Iglesia Católica organizó una manifestación en contra de MIS derechos civiles (hablo de la manifestación en contra del matrimonio entre homosexuales) los considero mis enemigos directos.

Sin embargo, sí que celebro el día de mi santo, al igual que celebro la Navidad, el Día de la Virgen (15 de Agosto), San Juan, y alguna fecha más que ahora no me viene a la memoria. Es porque pienso que la vida ya es suficientemente dura como para encima rechazar ocasiones de celebrar cosas. Cualquier excusa es buena para hacer una fiesta. Cuantas más fiestas mejor. Esa es parte de mi filosofía, y la aplico con entusiasmo.

Así que hoy, coincidiendo con mi supuesta onomástica, quiero hacer una reflexión sobre el asunto del nombre. Mis padres me pusieron Elena porque, según las ecografías, lo que venía era una niña. Como no se ponían de acuerdo en lo referente a que nombre escoger para mi, recurrieron al calendario, pues se pensaban que nacería el 18 de agosto, y vieron que el santo de ese día era Santa Elena.

Pero los médicos se equivocaron doblemente. Por una parte se equivocaron de día; nací justo una semana más tarde, vago que es uno para todo. Y después, se equivocaron de género. De modo que al final, me quedé con un nombre totalmente equivocado, pues al final no coincide con los dos parámetros de búsqueda que usaron mis padres para escogerlo. Ya se nota que por aquel entonces no existía Google.

Ahora, muchos años más tarde (demasiados, me temo), sigo respondiendo a ese nombre erróneo de Elena, pero he empezado a buscar uno nuevo. Actualmente me quedo con Pablo, por varias razones que explicaré más adelante, pero estoy barajando diversas posibilidades más en función de varios parámetros distintos.

Al final, seguro que me quedo con el nombre más estúpido del mundo: «Nadriorfin».

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