El lunes pasado (sí, ya me he dado cuenta de que estamos a jueves, pero esta semana a los días les faltan horas… el calor me tiene espachurrado y está matando a mis pobres plantas de perejil) por fín llegó el día de que mi madre me acompañase a ver a la psicóloga.

Me paso la vida esperando a que llegue el día de la dichosa cita, desde hace ya ocho meses: los siete que llevo llendo y el primer mes que tuve que esperar desde que me dieron cita hasta que fui por primera vez. Como si realmente fuese a pasar «algo». Sin embargo, en esta ocasión, sí que tenía la esperanza de que algo pasara, y que hubiese un antes y un después en la relación con mis padres.

La noche de antes me costó muchísimo trabajo dormir, y ya llevaba un par de días teniendo pesadillas. Creo que ya he comentado antes que cada vez que he hablado de este tema con mis padres me han dicho palabras muy fuertes… así que es normal que estuviese un poco intranquilo. Aunque, para ser sincero, las veces que ha salido la cuestión de cuando y como íbamos a ir a Málaga no hubo ningún problema, si no, más bien al contrario, mucho interés.

Creo que ese cambio de actitud era lo que más me animaba a creer que esta entrevista serviría para algo, y, al mismo tiempo, también me preocupaba equivocarme… En fin, que, como siempre, tengo miedo de casi todo. Que desastre.

En la consulta de la psicóloga, esta vez no había una chica haciendo prácticas, sino que… ¡¡¡habían dos!!! Con cinco persona allí metidas, aquello empezaba a parecer más un pub que otra cosa. Sólo faltaba la música y los cubatas.

Después de las presentaciones, Trini (sí, la psicóloga tiene nombre) animó a las dos chicas a que preguntaran algo si querían, y yo también me ofrecí a responder a lo que ellas quisieran. Tras un momento de «corte» me pidieron que les contase un poco sobre como había empezado con todo esto, y… como a mi me gusta hablar de mi mismo tanto como a cualquiera que tenga un blog (seamos sinceros, para publicar un blog hay que ser un poquito exhibicionista) pues les conté desde el principio de los tiempos, o, al menos, de mis tiempos.

Así fue como mi madre me escuchó hablar de cosas que nunca le había dicho, y que yo no le había contado, simplemente porque nunca me preguntó. Es la manera en la que, muchas veces, funcionan las relaciones familiares: uno no pregunta porque piensa que el otro ya contará cuando quiera, y el otro no cuenta porque cree que ya le preguntarán cuando deseen escucharlo.

A partir de ahí, y también de las preguntas que le iba haciendo la psicóloga a mi madre, se inició un diálogo en el que… bueno… está claro que la interpretación que mi madre le daba a ciertas cosas no era la misma que la que le daba yo. Por ejemplo, dice que ella nunca notó nada, cosa que en cierto modo es lógica porque yo tengo recuerdos muy tempranos de saber qué cosas no debía decir para que no se notase que realmente quería ser un niño. Otras cosas si las notó, pero las achacó a otra causas, como por ejemplo, mis problemas de peso, que, dicho sea de paso, durante mi adolescencia no eran tan graves como me hicieron creer. Sin embargo, parece que nunca se planteó el origen de esos problemas de peso. Ella veía que comía mucho dulce pero… ¿por qué? Pues porque era indisciplinada, descuidada, y sólo hacía lo que me gustaba sin pensar en las consecuencias.

Lo que yo veo es que me dí al dulce como podría haberme dado a las drogas.

Como esto, en muchas cosas cada uno interpretabamos los hechos pasados de manera distinta. ¿Podría ser de otra forma? Quizá sí… Hay personas que se han mostrado mucho más rebeldes que yo. De niño no tenía problemas con la ropa, incluso me daba mucha rabia que mis padres me cortasen el pelo para que se me fortaleciera, y no poder ponerme zapatos bonitos, porque tenía los pies planos y necesitaba calzado especial para corregirlo, jugaba con muñecas. No eran los típicos juegos de niño, precisamente. Sin embargo…

Me voy a permitir robar una viñeta a Aniel, de su serie «Anima Fragile», donde explica exactamente como veo esta cuestión (Aniel, sé que no te he pedido permiso, pero sé que te pasas por aquí de vez en cuando, así que si quieres que la quite, no tienes más que decirlo)

A parte, tenía ciertos motivos, como que, a parte de pedir muñecas, también pedía cosas como trenes y coches, sólo que eso no me lo compraba, o que los niños (me refiero a los varones) que eran mi primera opcción como compañeros de juego, me daban de lado, precisamente por ser una niña. Así que, sí, jugaba con otras niñas, y hacía lo que hacían ellas y me lo pasaba bien. Pero porque era eso, o quedarme solo. ¿Qué tiene de raro intentar hacer las mismas cosas que tus amigos? Yo diría que nada. Simplemente creo que hay personas que somos felices con poco, y nos adaptamos a lo que nos rodea, aunque no sea perfecto, y otras se rebelan y pelean hasta conseguir que las cosas sean como ellos desean.

También opina mi madre que en cierto modo, esto que estoy haciendo es una especie de manera de huir de las responsabilidades. Como si ser hombre fuese más fácil que ser mujer (bien, reconozcámoslo, la vida de las mujeres es muy dura), y como si la transexualidad fuese una salida fácil desde algún punto de vista. Como si ahora las cosas no me fuesen mucho más complicadas de lo que eran antes.

Pero lo más importante de todo, es que dijo que en realidad lo que le importaba es que yo fuese feliz, como hombre o como mujer. Y que le daba mucho miedo que me equivoque y dentro de algunos años me arrepienta, pero que si esto es lo que necesito hacer, que no le parece mal. Es algo muy diferente a lo último que me dijo que opinaba sobre la cuestión, y hasta el momento no me lo había hecho saber. Se suponía que yo tenía que adivinarlo por su actitud, pero… eso es mucho suponer. No lo había adivinado, y si lo hubiese sabido antes, estos meses pasados habrían sido mucho más llevaderos.

He aprovechado para decirle que me duele que me hable en femenino, pero parece que por el momento eso es mucho pedir. En realidad no me dijo ni que sí ni que no, simplemente: «ah». Bueno, Roma no se hizo en un día.

En el lado negativo, dice la psicóloga que observa «divergencias» y que «habrá que tomarse todo el tiempo necesario para aclarar las cosas» o algo así. Sospecho que me he ganado 2 ó 3 consultas extra, lo que significa 3 ó 4 meses más de espera… Pero por otra parte, empiezo a darme cuenta de que muchas de las sospechas que tenía no se están cumpliendo. Así que no me voy a agobiar por eso.

Actualmente, vivo como un hombre y así es como me reconocen los demás. Sin embargo, es una situación un poco precaria, siempre tengo que estar «haciendo equilibrismos». El tratamiento hormonal sería, ni más ni menos, que el camino para normalizar mi situación (además de que me gustaría verme bien, ya estoy harto de mirarme al espejo y no verme). Pero también necesitaba aclarar las cosas con mis padres, y hasta me parece mucho más necesario de cara a esa «normalización».

Parece que no se puede tener todo, o, al menos no todo a la vez, así que tendré que ir conformándome con ir resolviendo las cuestiones una a una, que remedio. Y si para resolver uno de los problemas importantes es necesario que otro se retrase un poco… no es que me guste, pero me conformo. No me queda la sensación de haber hecho «un mal negocio».

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